El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) tiene un valor normativo en todo el mundo de habla hispana. La tricentenaria  Real Academia Española y las veintiuna Academias que con ella integran la Asociación de Academias de la Lengua
Española
 trabajan mancomunadamente al servicio de la unidad del idioma tratando de mejorar y actualizar un diccionario de carácter panhispánico. Cuanto aparece en el DRAE es fruto de ese estudio y de la aprobación colegiada.

Por consiguiente, el DRAE es de una importancia fundamental para toda persona que desee hacer alguna creación intelectual pues ha de valerse del complejo e infinito número de palabras, verbos, adjetivos, calificativos, modismos  que han enriquecido el idioma español –o castellano, como se le dice en la America Española- para transmitir sus ideas mediante la escritura o la expresión oral, y ser comprendido adecuadamente.

Cuando se obvia la obligada consulta al DRAE pueden cometerse errores garrafales que dejan evidencia por falta de conocimiento, o quizás en ridículo por lo grotesco, a ese osado personaje y, para muestra, basta un botón: El conserje, ese personaje, generalmente del sexo femenino y con mala cara, que tiene a su cargo la limpieza de las áreas comunes de un condominio, ahora trastocado en trabajador residencial por obra y gracia de una curiosa rimbombante Ley Especial para la Dignificación de los Trabajadores y Trabajadoras Residenciales, de 6 de mayo de 2011 (“LDTTR”).

De acuerdo al DRAE, el conserje es aquella persona que tiene a su cuidado la custodia, limpieza y llaves de un edificio o establecimiento público; y su antecedente se encuentra en los conserjes de palacio, es decir, los antiguos servidores de palacio. En efecto,  al igual que los de las casas reales u otras posesiones reales, los conserjes de palacio tenían a su cargo la conservación y custodia de ellos y de todo cuanto contenían. A ellos correspondía señalar las habitaciones que en las jornadas debían ocupar los individuos de la real servidumbre, recogiendo recibo de los muebles que facilitaran a los mismos y cuidando de recogerlos al concluirse la jornada.

Pedían por escrito al Administrador y distribuían entre quienes correspondía la leñaaceite y carbón que se necesitaba durante la jornada. Tenían en depósito los muebles inútiles llevando inventario separado de ellos. En su poder obraban las llaves maestras de los reales palacios. Al verificarse obras debían estar al tanto para que los operarios trabajaran como era debido. Los conserjes eran los jefes inmediatos de los llaveros, mozos ordinarios, barrenderosporteros y demás empleados en la custodia y conservación de los reales palacios y demás posesiones confiadas a aquéllos (Fuente: Wikipedia. Extracto de la Novísima Recopilación, de Juan de la Reguera y Valdelomar, 1848).

Conforme a lo expuesto, el conserje es, ni más ni menos, un trabajador que cumple como las señaladas en un edificio o en un establecimiento público; pero desde el punto de vista etimológico, la palabra conserje proviene del francés concierge que, según algunos, deriva del latín vulgar conservius, formada ésta de la preposición cum y servus, o sea, esclavo (Fuente: http://es.wiktionary.org/wiki/conserje); y valiéndose de la etimología, los legisladores de la LDTTR han resuelto cambiar el concepto de conserje y transformarlo en trabajador residencial, alegando para ello que el término conserje es peyorativo y refiere a una forma contemporánea de esclavitud.

De manera pues que, la Real Academia tendrá que incorporar un novedoso concepto, el de trabajador residencial, para que, al fin de cuentas, los sabios académicos terminarán expresando que conserje y trabajador residencial son sinónimos. Establecer diferencias, como lo hace la LDTTR, es anticuada y decadente retórica decimonónica.

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