El tirano sale del pueblo y de la masa contra los notables, para que el pueblo no sufra ninguna injusticia por parte de aquellos. Se ve claro por los hechos: casi la mayoría de los tiranos, por así decir, han surgido de demagogos que se han ganado la confianza calumniando a los notables.
Aristóteles

[ … ] cuando la tiranía es en exceso intolerable algunos piensan que es virtud de fortaleza matar al tirano.
Santo Tomás de Aquino

Reflexiones de Septiembre de 2018

Tabú y venganza privada eran los principios que conforme a la costumbre regían en los tiempos primitivos, toda una serie de prohibiciones basadas en conceptos mágicos y religiosos, cuya violación traía consecuencias no solo para el ofensor sino también para todos los miembros de su familia, clan o tribu, principio jurídico que la Ley del Talión se encargó de recoger para contemplar que si una persona causaba una pena a otra, ésta debía ser castigada en igual forma, es decir, se trataba de una retribución por equivalente: Si pierdo un ojo, o un diente por tu culpa, tu perderás un ojo o un diente.

Sea como sea, en distintas legislaciones en la antigüedad, desde el Código de Hammurabi, la Ley de las XII Tablas y la Ley Mosaica, contenían disposiciones similares, siendo Jesús de Nazareth, al predicar el amor y el perdón, el primero que rechazó la retaliación a través de su célebre palabra, cuando recomendó poner la otra mejilla en lugar de responder la agresión[1].

Pese a las costumbres punitivas y de leyes como las citadas, desde los primeros registros históricos se encuentran crímenes contra deidades terrenales, emperadores, reyes y gobernantes, ejecutados incluso entre hermanos, cónyuges y parientes de cualquier grado por distintos motivos, ajenos a los que cuenta  la Biblia que tenía Caín para matar a Abel, que no era otro que ese bajo sentimiento que es la envidia. Se trataba del magnicidio, es decir, el asesinato de una persona importante, usualmente una figura política, religiosa o preferiblemente interesante por una motivación ideológica o política, y la intención de provocar una crisis política o eliminar un adversario que considera un obstáculo para llevar a cabo sus planes.

Desde Filipo II de Macedonia -y se cree que su hijo Alejandro Magno- pasando por Julio César en Roma a manos de Marcus Brutus,  Enrique III, Enrique IV y el guillotinado Luis XVI de Francia, los presidentes norteamericanos Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley y John F. Kennedy, el archiduque Francisco Fernando de Austria -cuyo crimen fue la chispa para encender la primera guerra mundial-, Eduardo Dato en la Plaza de la Independencia de Madrid, Carlos Delgado Chalbaud en la Venezuela de 1950 y Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana en 1961, todos fueron asesinados, al igual que una pléyade de personajes que desempeñaban o habían desempeñado altas  posiciones cuya eliminación entra en la tipificación penal del magnicidio, y de otros tantos que fueron víctimas de intentos para quitarles la vida, como Rómulo Betancourt en Caracas, en junio de 1960, y Ronald Reagan, el presidente norteamericano que fue baleado en 1981, en Washington, D. C.

Pero el magnicidio tiene una atenuación filosófica, que es el tiranicidio que, según el DRAE, significa muerte dada a un tirano, es decir, dar muerte a aquel que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad.  

El tiranicidio es un concepto que sirve para la justificación moral del magnicidio, porque al herir al déspota, y solamente a él, no se sacrifican inocentes, sustituyendo a la revolución o a la guerra civil que el tirano haya protagonizado.

El origen del tiranicidio se remonta a la antigua Grecia con Edipo  Rey, de Sófocles, y con los escritos de Aristóteles, y en  la Edad Media lo trataron santo Tomás de Aquino en Gobierno de los Príncipes y Alfonso X El Sabio en las Partidas y  luego, durante el Siglo de Oro,  Juan de Mariana s.j. asumió la responsabilidad de darle legitimidad al tiranicidio, y para ello expuso en De rege et regis institutione  cómo ha de ser una monarquía y los deberes del rey, que ha de subordinarse como cualquier vasallo a la ley moral y al Estado, finalizando con la justificación de la ejecución de un rey por el pueblo si es un tirano. Fue tan transcendente la doctrina expuesta por Mariana en este tratado que fue utilizada para justificar los asesinatos de Enrique III y Enrique IV, al punto que su obra fue solemnemente quemada en 1610 y calificada de subversiva por el parlamento de París.

Como se puede observar de lo expuesto, el derecho positivo tipifica y sanciona el magnicidio como un delito, y castiga al magnicida cuando éste mata al gobernante o cuando yerra en su acción -un intento de magnicidio o un magnicidio frustrado- aun cuando la acción se haya perpetrado contra un tirano; pero, desde el punto de vista ontológico, si alguien eliminara físicamente a un tirano, o intentara hacerlo, su acción estaría plenamente justificada, lo que resume el teólogo  Hermann Busenbaum s. j.: 

Cum finis est licitus, etiam media sunt licita (Cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos).

 Esta frase habría que completarla con la sugerencia que, durante la independencia americana, propuso Benjamin Franklin para el Gran Sello de los Estados Unidos:

Rebellion to Tyrants is Obedience to God (La Rebelión a los Tiranos es Obediencia a Dios).


Referencias:

[1] Véase: Carlos J. Sarmiento Sosa. OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE. En: REFLEXIONES 2012-2014. Disponible en: www.amazon.com 

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