Al doctor Pedro Manuel
Arcaya Urrutia, distinguido abogado de intachable y reconocida trayectoria en el mundo financiero y de los seguros, digno heredero de su padre, el doctor Pedro Manuel Arcaya, y excelente amigo de los Sarmiento.

In memoriam.

 

ENTONAR UN MEA CULPA

Horas de horas ha dedicado el mundo a la controversial campaña electoral norteamericana en la que millones de un lado se pronunciaban por Donald Trumpp,  cuestionado y extravagante empresario de cuantiosa fortuna,  mientras otros lo hacían por Hillary Clinton, ex Fist Lady y ex Secretaria de Estado de USA, hasta que finalmente el primero alcanzó la meta en los Colegios Electorales, quedando a la segunda el premio de consolación de haber obtenido mayor número de votos directos que su contrincante.

Es natural que ese dispendio de tiempo suceda porque, se quiera o no, se trataba de las elecciones para seleccionar al Presidente de los Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra, admirado por unos cuantos millones y odiado por otros tantos, en medio de un ambiente que anticipaba que la desafiante dama se impusiera sobre un individuo que caía pesado por su arrogancia y planta populista, a pesar de que, para congraciarse, se pronuncie mansamente a favor de la unidad de todos los norteamericanos cuando ha sido el autor de la profundización de la división entre los ciudadanos de la gran nación del Norte, como otrora hiciera en Venezuela el comandante galáctico ya fallecido.

Pero como es hora de esperar por la toma de posesión y los expectantes primeros 100 días de gobierno del Presidente electo, a este escribidor se le ha ocurrido reflexionar sobre la candidata perdedora. En efecto, de acuerdo a la voluminosa información que sobre Hillary hay en la internet, ella ha sido una mujer que desde sus tiempos universitarios tuvo interés en la política y que tan pronto pudo se instaló en Washington para luego irse a la provinciana Arkansas donde empuja a su marido hasta colocarlo en la Gobernación del Estado, para regresar después a la capital federal con el esposo como ocupantes de la White House por dos períodos, donde disfrutó las maduras y sufrió las verdes, particularmente con el caso de acoso sexual del que fue acusado el Presidente de los Estados Unidos,  y que, con estoica actitud, no solamente soportó sino que hasta ayudó a su cónyuge a salir ileso de ese brete, manteniendo más tarde el bajo perfil hasta que los Obama desalojaran a los Clinton de la residencia presidencial por la voluntad popular de los electores, pero llevándose el trofeo de ser designada Secretaria de Estado, la máxima autoridad diplomática norteamericana.

Como se ve, una vida volcada a la política, con sus altos y sus bajos, en las buenas y en las malas, pero con una voluntad de poder que claramente dejaba expuesta que Hillary se proponía alcanzar la más alta meta: La Presidencia de América, como algunos dicen para referirse a los Estados Unidos; pero he ahí que comenzaron a verse las costuras a la férrea dama sobre todo al alcanzar la candidatura demócrata, cuando denuncias públicas dejaron ver que la aguerrida mujer tenía en su haber una serie de “lunares” que empañarían la candidatura presidencial y que, al menos para este escribidor, contribuyeron en algo en la merma de votos que la perjudicaron.

No va este escribidor a enumerar las falencias y faltas, garrafales o de buena fe, en que pudo haber incurrido doña Hillary porque ella, como mujer inteligente y sagaz, las conoce aunque las haya banalizado durante la confrontación, ni tampoco denunciarla como crudamente lo hizo la conocida politóloga guatemalteca Gloria Alvarez en la carta dirigida a Donald Trumpp (http://www.lapatilla.com/site/2016/11/10/gloria-alvarez-carta-al-presidente-donald-trump/); pero lo que sería apropiado es que ella, cuando admita en su yo más íntimo que su sueño se desvaneció, recuerde que en política no hay muertos y que si quiere volver a insistir, lo primero que debe hacer es entonar un mea culpa ante sus compatriotas y demás electores mediante el reconocimiento claro y sincero de todo lo que ha hecho mal en su carrera; y lo que no debe hacer es culpar públicamente a los demás de su derrota electoral (http://informe21.com/politica/hillary-clinton-culpa-al-fbi-de-su-derrota-frente-a-trump-en-las-elecciones).

Una admisión pública de esa magnitud, una contrición verdadera acompañada del propósito de enmienda  -aunque esto sea difícil para un político- probablemente le daría oxígeno a esta infatigable dama y pudiera ser que, con buena salud, gane la paciencia para esperar por una nueva postulación presidencial y así evite convertirse, ahora, en otro  “jarrón chino” del adornado salón del mundo del poder.

Finalmente, si usted, amable lector, desea conocer algo de los pecados que se imputan a
esta aristócrata de la política, podría consultar http://www.mrctv.org/blog/10-scandals-involving-hillary-clinton-you-may-have-forgotten.

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