Carlos J. Sarmiento Sosa

Breve introducción

Este breve relato con datos muy personales viene a cuento por la situación por la que, en estos momentos, atraviesa Venezuela, que ocasiona frustraciones y desesperanzas a millones de venezolanos que ansían que cese la usurpación, se constituya un gobierno de transición y se celebren unas elecciones libres, para que se reinstituya el estado de Derecho y se alcance la paz y el bienestar del que hoy carece un país que, pese a sus inmensas reservas petroleras en su subsuelo, se encuentra en estado de emergencia humanitaria y sanitaria.

La destrucción de Venezuela comenzó hace 20 años y los pasos hacia su reconstrucción apenas han comenzado en enero de 2019, cuando comenzó la usurpación y la Asamblea Nacional, como respuesta a ese inconstitucional proceder y haciendo uso legítimo de los derechos y garantías para reestablecer la vigencia de la Constitución de 1999, designó un Presidente encargado y trazó una hoja de ruta, todo regulado por el “Estatuto que rige la transición a la democracia para reestablecer la vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela”.

Quienes vivimos los años de la dictadura perezjimenista -indirectamente en mi caso porque abarcó parte de mi niñez y de mi adolescencia, pero con capacidad de escuchar a nuestros padres y los mayores- supimos lo que significaba pasar años de exilio esperando con ansiedad la llamada esa que mi madre recibió el 23 de enero de 1958, pero también entendimos que los acontecimientos del primer día de ese año había sido el paso inicial para que comenzara el resquebrajamiento de la dictadura, que se derrumbaría estruendosamente tan solo una veintena de días después.

Por consiguiente, tengamos esperanza. Recordemos al inmortal Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Demos una corta mirada atrás y veremos lo que hemos andado.

Madrid, 5 de enero de 2019.

 

 

I

Derrocado por un golpe de estado el Presidente constitucional Rómulo Gallegos en 1948,  gobernaba una Junta Militar integrada por tres tenientes coroneles a quienes sotto voce se les decía  los “tres cochinitos”, parodiando a un producto alimenticio en cuya propaganda aparecían tres cerditos, como lo reflejaba la gráfica de su aviso publicitario, ubicado en aquel tiempo en la caraqueña Plaza Venezuela.

El sistema político que regía era absolutamente dictatorial, con partidos políticos ilegalizados -Acción Democrática y el Partido Comunista de Venezuela-, cárcel y exilio para los opositores y hasta asesinatos de líderes de oposición, como fue el caso de Leonardo Ruiz Pineda, abatido en una calle de Caracas por la temida y temible Seguridad Nacional, o la muerte en prisión de Alberto Carnevali, sin atención médica.

No obstante ese ambiente de represión, el 13 de noviembre de 1950 había sido asesinado el Presidente de la Junta Militar, el coronel Carlos Delgado Chalbaud, siendo sustituido por un abogado, Germán Suárez Flamerich, por lo que de una Junta Militar se pasó a una Junta cívico-militar, una forma de lavarle la cara a la dictadura, ya desprestigiada por sus felonías.

Ante la presión interna y externa, la Junta había convocado a unas elecciones para diciembre de 1952, en las que participarían dos partidos de oposición – Unión Republicana Democrática y Copei- y un partido afín al sector militar, el Frente Electoral Independiente.

En octubre de ese mismo año, el bufete de abogados de mi padre, José Gabriel Sarmiento Núñez, fue allanado por la Seguridad Nacional y él detenido y trasladado a la sede de este cuerpo policial, donde pasó varias semanas compartiendo celda con otros detenidos políticos; y, al ser liberado gracias a las gestiones de mi abuelo Pedro Sosa Hernández ante el subdirector de la “Seguranal” Ulises Ortega, se reintegró a su ejercicio profesional y a ciertas actividades clandestinas de las que no se tenían informaciones, por razones obvias.

Un sábado, en horas de la tarde, mi tío político Rafael Delgado Rovati llamó a papá para decirle que el mencionado Ortega -que era su vecino- le había mandado a decir que volvería a ser detenido. De inmediato, papá tomó la decisión de abandonar el país por una temporada, hasta que se celebraran las elecciones que estaban previstas para el mes de diciembre de ese año, saliendo a los pocos días con destino a Madrid. 

 

 

 

 

II

El proceso electoral había finalizado en un fraude, como lo registra la historia, y Marcos Pérez Jiménez se había instalado como líder gubernamental en 1953, cuando el Congreso Nacional lo había declarado Presidente, conforme a una constitución hecha a la medida del Alto Mando Militar y a los deseos del naciente dictador, con lo cual el régimen de fuerza consolidaba su poder.

Ante esas circunstancias, papá resolvió no regresar a Venezuela hasta que cayera la dictadura y hubiera un cambio favorable al ejercicio democrático. Nos hizo viajar a mi hermano José Gabriel y a mí, que habíamos quedado en Caracas al cuidado de los abuelos paternos en la casona de San Bernardino, radicándose con mamá y el resto de mis hermanos en Madrid.

Pero había una esperanza de cambio, que se manifestaba igual en otros exiliados: La caída del dictador, razón por la cual ellos alquilaban apartamentos por un máximo de 6 meses porque “pronto el gobierno de “cara de cochino” va a caer”; y así pasaron 4 años sin que el ansiado suceso se diera, por lo que paulatinamente se iba difuminando la vuelta a la patria, al punto que, para mediados de 1957, papá, a pesar de que mamá era más positiva, decidió vender una pequeña propiedad en Caracas para comprar un piso en la calle Duque de Sesto, cerca del colegio. “El mejor colegio es el que está cerca de la casa”.

¿Por qué ese cambio, de alquilar a corto plazo a pasar a adquirir una propiedad? El dictador permanecía en el poder y había que considerar nuevamente la situación. Papá no podía regresar porque con seguridad iría preso, como le había ocurrido a Carlos I. Arcaya cuando fue a despedirse de su padre en su lecho de enfermo, que fue enviado por Laureano Vallenilla Lanz a una tenebrosa cárcel y luego deportado como un delincuente. O rehacía la vida familiar en Madrid. Sin duda, optó por la segunda opción. 

A todas estas, y para angustia de los exiliados, sucedió otro hecho político en Venezuela cual fue el plebiscito fraudulento e inconstitucional organizado por Pérez Jiménez y sus acólitos para permanecer en el poder, en diciembre de 1957, lo que indicaba que el dictador gobernaría por otros 5 años. El exilio pintaba para largo.

 

III

Para sorpresa de todos, llegó el levantamiento del 1o. de enero de 1958, lo que llenó de alegría a la colonia de exiliados madrileños que empezaron a preparar sus maletas para retornar tan pronto les fuera posible, entre los que se contaba José Enrique Machado; pero las lagrimas se fueron en suspiros porque el gobierno dictatorial superó el intento de golpe de estado iniciado por un grupo de militares bajo el liderazgo del teniente coronel Hugo Trejo, quienes se refugiaron en Colombia luego de sobrevolar el cielo caraqueño y soltar algunas bombas.

Entre los exiliados surgió la polémica. Para unos, el intento de alzamiento militar había sido simplemente que unos oficiales de la Aviación habían estado celebrando la llegada del año nuevo y, pasados de tragos, habían tomado unos aviones como parte de la celebración, y que amonestados por el dictador, se habían escapado del país; pero para otros, se había iniciado el proceso de transición hacia la democracia.

Estos últimos, esperanzados, a partir del día 2 de enero y durante varias semanas se reunían en nuestro piso de Duque de Sesto -la fachada en la foto con Marta y mi nieto Andrés Carlos Fernández Sarmiento, hoy en día- a escuchar una radio que tenía la potencia suficiente para saber noticias que pudiera transmitir Radio Continente.

A mí me correspondía sintonizar la radio y cuando se lograba la sintonización, solamente se escuchaba música instrumental, nada de informaciones, ni programas. “La cosa está mal, hay cadena, esa vaina se cae ya!”, era lo que yo escuchaba decir a esos alicaídos expatriados, entre ellos, papá. Porque eran solo los hombres los que acudían a estas citas.

Pero un día, todos perdieron la esperanza, y cesaron las reuniones. Se filtraban algunas noticias acerca de los movimientos que se gestaban en Caracas, de la Junta Patriótica, de los últimos detenidos entre ellos Arturo Uslar Pietri, Miguel Angel Capriles, Ramón J. Velázquez, de una huelga general, pero una apatía general abrazaba a los exiliados y sus familias. “No va a pasar nada, todo fracasó”, se escuchaba decir con tristeza e indignación.

 

IV

El 22 de enero, papá y mamá habían salido, olvidados de los temas del país y de la periódica reunión que cada noche se llevaba a cabo. Estábamos solos en casa cuando sonó el timbre de la puerta. Abrí al visitante. Era Camilo Arcaya que venía a la cita para escuchar la radio, elegantemente ataviado con un abrigo negro y sombrero del mismo color. Le tuve que decir que mis padres no se encontraban, que no habría reunión y sin alterarse en lo más mínimo, se marchó luego de despedirse con toda cortesía.

Al rato llegaron papá y mamá, y todos a descansar.

Nos levantamos para ir al colegio. Yo no fui, me quise quedar alegando que me sentía mal del estómago, no se si fue que algo me decía que el esperado acontecimiento estaba por llegar. Papá saldría para atender sus clases de posgrado. Mamá, en sus quehaceres hogareños.

El silencio que cubre a los hogares donde reina la paz, fue súbitamente interrumpido por la campana del teléfono. Carlina Gómez Rosado, la querida sevillana de Peñaflor que por años sirviera en nuestra casa sus excelentes platos, tomó el auricular y con su típico acento andaluz dijo que era una llamada de mi tía Beatriz Sosa de Gómez, desde la casa de los abuelos en Caracas. Al instante, escuché la voz elevada de tono y entrecortada por la emoción de mamá que convertiría todo el momento y los posteriores en alegría: “Cayó Pérez Jiménez!!!”.

La espera en el exilio por el retorno a la democracia y al estado de Derecho había tomado un poco más de 5 años, y la debacle de la dictadura se había producido en 23 días. Comenzaba la transición hacia la democracia, una democracia que tuvo la corta existencia de 40 años!!!.

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