Imagen tomada de: http://www.artloft.com/tob9.htm

Para nadie es un secreto, porque es un hecho público y notorio, que millones de venezolanos están emigrando a otros países, lo que se ha conocido como la “diáspora”, o sea, la migración de ciudadanos que en masa y de distintas formas han dejado Venezuela a partir del año 2000 y especialmente a partir de 2011 en busca de mejores condiciones de vida, principalmente a España y Estados Unidos, pero también a países vecinos como Panamá, Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Argentina, República Dominicana y Uruguay, adonde personas sin distinción de edad o de sexo se van con poco dinero y escasas pertenencias por cualquier medio de transporte e incluso, andando miles de kilómetros.

En los años 2017 y 2018 ese proceso de emigración se ha convertido en éxodo masivo al profundizarse la  crisis económica que atraviesa el país y que ha originado una emergencia humanitaria interna que solamente es invisible para Nicolás Maduro y sus adláteres, empeñados en asirse al poder a toda costa mediante la destrucción del país y de sus instituciones, lo que les hace responsables de los daños irreparables que están ocasionando a un país que se desvanece como nación. Se estima que unos 2,3 millones de personas han dejado Venezuela desde 2014, según datos de la ONU suministrados por su portavoz Stéphane Dujarric al pedir que se respeten los derechos de los venezolanos que huyen del país y que sean tratados con “dignidad” en las naciones de acogida (Véase:  La ONU demanda un trato digno a los venezolanos que huyen del país).

Esa camarilla gobernante es responsable de ese multitudinario éxodo al negar a sus gobernados las mínimas condiciones de vida y han de responder por los daños y perjuicios que les han ocasionado con su irresponsable y criminal modo de gobernar que incluso podría calificarse de delito de lesa humanidad.

Pero esa responsabilidad no solamente puede ser cargada a Maduro y su entorno, sino que también incluye a los gobiernos de aquellos países que, conscientes de la diáspora venezolana y de las malas gobernanzas antidemocráticas de la dictadura, han hecho “mutis por el foro” sin levantar la más mínima protesta, o lo han hecho tardíamente, solo cuando han visto que las fronteras de sus países han sido sobrepasadas por cientos de miles de venezolanos hambrientos y desarrapados que tienen que ser acogidos en improvisados campamentos de refugiados, originándose crisis sanitarias y situaciones de conflictos interpersonales.

Santos en Colombia partió un confite con Chávez y Maduro y solamente al final de su gobierno fue que levantó la voz de la protesta contra las prácticas dictatoriales de este último. Lula, el gerente de relaciones institucionales de Odebrecht, al igual que la Cristina, Evo Morales, los impresentables Ortega y Murillo, Correa, el dominicano Fernández, la ahora comisionada de DDHH de la ONU, el Pepe y su Tabaré, al igual que los gobernantes de la comunidad de países de las Antillas, todos sin excepción, interpretando erradamente y a su conveniencia el principio de no intervención o de no injerencia, apoyaron y auparon a Chávez y Maduro en sus prácticas antidemocráticas y sus equivocadas  políticas económicas de las que ellos tenían noticias por medio de sus representaciones diplomáticas y servicios secretos, como también lo sabía Barack Obama que igualmente  miró hacia el otro lado, como si la grave crisis venezolana fuera algo lejos de sus costas y que a USA no le tocarían los daños.   

Hoy, a los países a los que ha llegado el aluvión humano desde Venezuela se les están creando -y se les profundizarán- serios problemas sociales y económicos, como consecuencia de  esa voluntaria o desinteresada omisión de gobernantes como los citados, que no actuaron cuando debían hacerlo en cumplimiento del arte de gobernar en favor de los suyos, ni siquiera una voz de alerta, pues unos eran cómplices en la corrupción -caso Odebrecht, o la trama argentina de negocios- y otros compartiendo el confite de las equivocadas políticas del anti imperialismo.

Los ciudadanos de esos países que, afortunadamente, en gran mayoría han acogido a los migrantes con los brazos abiertos para darles su apoyo y conmiseración, están en el derecho de exigir a esos gobernantes las responsabilidades de esos males a para que respondan de su reprobable e innoble proceder.

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