Carlos J. Sarmiento Sosa

Los primeros rayos del alba comenzaban a iluminar al alucinante cielo madrileño, tintado de ese azul acuarela que es capaz de dejarse acariciar por trazos morados y hasta de un amarillo pálido; el espectacular cielo que, cuando mis pupilas se posan en él se imagina la cana y difuminada silueta de papá sobre ese color azul que el gran Rubén Darío describía como el color del ensueño, del arte, helénico y homérico.

Los de la limpieza urbana de las principales vías de la capital se habían retirado tiritando del frío con sus pesadas mangueras a cuestas, dejando unas calles relucientes que invitaban a los peatones a transitar por ellas, como a diario hacía el último sereno de Madrid, Manolo Amago, cuando  con cansado paso, regresaba a su hogar luego de cumplir las rondas nocturnas a las que le obligaba un oficio que lucía pesado y medieval, pero que se hacía ligero cuando la ocasión le permitía entablar conversación con algún vecino que, casi al alba, requería que le abriera el portal del edificio, especialmente cuando el hombre le pedía que no hiciera ruido con las llaves ni pitara el silbato de bronce para no alertar a su mujer que, con el rodillo en alza, le esperaba para pedirle cuentas de la juerga que se había corrido, como indicaban los vahos que manaban desde una arrugada corbata adornada de oleosas rociaduras y unas aún húmedas gotas de un tinto que bien podían ser de un “rioja” o un “ribera”, o de cualquier otra denominación de origen. Allí, Manolo se crecía en consejos y disfrutaba diciendo con engolada voz a su interlocutor:

No discuta usted nada a su mujer, echése en la cama y hágase el muerto!. Amanecerá y verá!.

Los colegiales, tiritando de frío pese a sus gruesos abrigos, iban al “cole” con sus bultos cargados de libros que apenas podían cargar a cuestas, y memorizando las lecciones que se habían aprendido en la tarde anterior para responder correctamente a las preguntas del hermano Venancio y del hermano Santos, quienes eran conocidos por los alumnos del SAFA por la ligereza de sus manos en eso de aplicar un par de sopapos a aquel que no se hubiera aprendido la lección. Ruda práctica colegial.

Por la calle Lista asomaba el trapero de la zona, el locuaz Marcelino  envuelto en una rudimentaria frazada, empujando la arruinada carreta heredada de su abuelo tirada por un dócil burro de mucha edad y acompañado de un perro que parecía el can más grande del mundo y cuyo color no se distinguía por la gruesa capa de grasa que cubría su pelambre. Andaba cabizbajo pero alegre el hombre, pensando en los “durillos” que recibiría como aguinaldo en vísperas de Navidad y que le permitirían conseguir unos cuantos trozos de leña para encender la minúscula estufa que a veces daba calidez al rupestre y derruido agujero que le hacía las veces de alojamiento con la Pepa y los cuatro chavales que ésta le había parido, a escasos metros de la mayor plaza de toros de España, Las Ventas, en La Guindalera.

La rutina diaria de una capital española que apenas quince años antes había escapado de la feroz guerra civil.

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En un piso de la calle Castelló 86, Don Mario se había levantado muy temprano, como era su costumbre. Había tomado sus tibias y cotidianas abluciones, y leído el monárquico ABC y el Arriba. Este último le llamaba la atención porque, habiendo sido fundado por José Antonio Primo de Rivera en 1935 como órgano divulgativo de la Falange, sus editoriales hacían del periódico un verdadero órgano oficial del régimen del generalísimo Francisco Franco y Bahamonde. Había que saber qué pensaban el Jefe del Estado y sus ministros y qué querían que los españoles supieran.

Luego de ingerir y disfrutar el frugal desayuno que con cariño doña Pepita le ordenaba preparar, pasó a su estudio donde revisó la primera versión de “Responso a Giovanni Papini” no sin antes acariciar la portada de la reciente edición de EDIME de sus “Obras selectas” que lucía en su biblioteca. Tiro de su leontina para mirar la hora en su reloj y siguió a su dormitorio donde se vistió elegantemente, tomó su abrigo y sus guantes, y el sombrero gris y ese grueso bastón de pulida madera que le daba un aire de autoridad y del que pocas veces se separaba.

Lentamente bajó los pocos escalones que le separaban del portal del edificio, donde Eulogio, el erguido portero de engominada cabellera ceniza que llevaba puesto un uniforme con apariencias de un oficial de la Armada, le dio amablemente los buenos días mientras le aconsejaba que se protegiera de la inclemencia del tiempo. 

Era el día consagrado en honor a la Inmaculada Concepción, la Patrona de España. Todo presagiaba normalidad y así lo presentía Don Mario en su tranquila travesía a la Iglesia de las Jerónimas para oir la misa entera como católico devoto que era, hablando consigo mismo en voz baja sobre la libertad de la patria. Como manda la cortesía, daba los buenos días a los transeúntes con quienes se topaba y se quitaba levemente el sombrero, en gesto de caballerosa actitud hacia las damas que encontraba a su paso.

Recibida la comunión y la bendición de Dios de parte del párroco, Don Mario salió con toda parsimonia del sagrado recinto y, a pocos metros, fue sorprendido por la espalda por un don nadie de tez morena y cabello ensortijado al que sólo pudo ver por unos instantes cuando éste le estaba golpeando fuertemente en la cabeza. Don Mario, confundido y ensangrentado y mientras caía sobre el resistente pavimento, solamente pudo escuchar un sonoro “muérgano” de la boca del agresor antes de que, pusilánime y velozmente, escapaba para no ser atrapado por los feligreses, por lo que al instante identificó la nacionalidad del agresor:  el deje criollo y el venezolanismo utilizado que, según algunos, proviene de la palabra “Morganers” que se aplicaba a los temibles piratas del Caribe que acompañaban al legendario Henry Morgan en sus asechanzas y saqueos en las costas de Coro y Maracaibo, durante la colonia. 

Auxiliado inmediatamente fue trasladado a una clínica, desde donde se comunicaron con doña Pepita, y con Beatriz y María, quienes contactaron a los exiliados venezolanos para darles cuenta de lo que suponían que era un atentado promovido por la dictadura perezjimenista. La brillante y poderosa pluma de Don Mario hacía mella en el régimen, y se la quería silenciar.

Los exiliados y la familia comisionaron a dos íntimos amigos. papá y a José Enrique Machado (el exilio crea indisolubles vínculos de amistad), para que hicieran la denuncia ante la Comisaría más cercana, que era la competente. Ambos subieron al Citroën color negro de papá, como negros eran todos los autos de la época en aquella gris Villa del Oso y del Madroño de la década de los 50´s, antes de que surtieran efectos sobre la economía española las ventajas económicas del Pactos de Madrid de 1953 firmados entre Estados Unidos y España para instalar en territorio español cuatro bases militares norteamericanas a cambio de ayuda económica y militar.

En el centro policial, con cautelosa sorpresa, papá y Machado pudieron percibir que los funcionarios estaban en conocimiento del atentado, lo que les hizo pensar en una connivencia entre los perpetradores del hecho y las autoridades.

Al fin de cuentas, en España, pese a que a la colonia venezolana jamás se la acosó, gobernaba una dictadura; y el atentado quedó, como quedan hechos similares ejecutados por las autocracias, en el último archivo policial para terminar finalmente en una moderna trituradora de papel.

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Poco tiempo después, Don Mario refirió el atentado en “Sangre en el rostro”; y, en su biografía se afirma que al recuperarse la libertad en Venezuela, regresó del exilio y establecido nuevamente en Caracas, logró acceder a los calabozos de la Seguridad Nacional donde estaban recluidos algunos de los espías y torturadores de la dictadura, con miras a identificar al sujeto que vilmente le había apaleado en aquel 8 de diciembre de 1954. Al salir, del lugar de reclusión, enarcando sus pobladas cejas, se alzó de hombros e inclinando suavemente la cabeza, comentó:

Lo he visto. Ya se quién es. No le guardo rencor alguno.

Jamás reveló el nombre de su agresor, ni siquiera a sus hijos.

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Bajo el candente sol más veraniego que primaveral madrileño, Quique Machado Egui y yo cruzamos la Plaza de Oriente rumbo hacia el Palacio Real. Detenemos la marcha frente a la estatua ecuestre de Felipe IV, recordamos los lejanos años de la infancia y la adolescencia en Madrid, cuando en las temporadas vacaciones colegiales íbamos a ver jugar a las bolas criollas a nuestros padres, o a jugar nosotros a indios y vaqueros en las abandonadas cuevas de la Casa de Campo, o asistir a los cines de la Gran Vía en los que presentaban películas en sesión continua que exponían dos filmes por el precio de una entrada, y en las que siempre rodaban casi religiosamente la dramática cinta Marcelino Pan y Vino que hacía brotar las lágrimas a todas las beatas. 

De repente, Quique, el mayor de todos los amigos de la infancia, me pregunta:

Carlos, te acuerdas del pesar que ocasionó entre la colonia venezolana el atentado contra el doctor Briceño Iragorry, en nuestro Madrid del exilio paterno?

Claro, Quique, afortunadamente aun disfruto de buena memoria!.

Seguimos nuestro andar hacia los Jardines de Sabatini, entre la calle de Bailén y la cuesta o paseo de San Vicente, antes nombrada calle de Onésimo Redondo por el franquismo. Delante de nosotros, deseando contar en ese momento con abanicos en manos porque el calor aprieta, van Mariú y Marta, en una divertida y alegre conversación mientras admiran a la distancia el Templo de Debod, esa milenaria estructura que Egipto regalara a España en 1968, que adorna al Paseo del Pintor Rosales. Voltean hacia nosotros y al unísono comentan:

Qué felicidad es tener amigos desde pequeños que puedan recordar y comentar vivencias de tantos años, y dejarlas asentadas para nuestros hijos!!!!.

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Continuamos nuestra caminata hacia la Gran Vía, a través de la Plaza España para volver a admirar una vez más el monumento a Don Miguel de Cervantes y las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza, y al llegar al frente del edificio España donde funcionara por varias décadas el antiguo Hotel Plaza inaugurado en 1954, y también las oficinas de la otrora prestigiosa línea aérea VIASA en la época de la República Civil, detenemos el paso en medio de alegres y sonrientes bandadas de turistas de marcada fisonomía asiática que toman fotos, hasta copar las memorias de sus móviles, de la Torre de Madrid y de la calle de la Princesa y del Palacio de Liria, el de aquella extrovertida y desenfadada doña Cayetana Duquesa de Alba que durante su vida se hizo tan famosa que, al mirar su figura en la crónica rosa, reflejaba la imagen de un personaje familiar.

Qué duros aunque felices aquellos años del exilio paterno, Quique!!!. Le comento con nostalgia; y me responde con expresa alusión a la agresión contra Don Mario:

Sí, Carlos. Han pasado 65 años y aun hay preguntas en el aire:

¿Quién ordenó el atentado contra Don Mario Briceño Iragorry? Laureano Vallenilla Lanz (Planchart), ministro del interior del gobierno de Marcos Pérez Jiménez, o Pedro Estrada, el poderoso director de la tenebrosa Seguridad Nacional?.

Cierto, mi entrañable amigo, le replico con esa seguridad que permiten los cabellos de plata que cubren mi cabeza; y agrego:

– Desde entonces no hay las respuestas, pero lo que sí queda patente como una moraleja para los exiliados políticos -en cualquier tiempo que sea- es que, cuando se trata de perseguir a los opositores, la ensangrentada y criminal mano de los dictadores no conoce límites ni respeta fronteras.

Madrid, junio de 2019.

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