La historia da cuenta de un personaje siniestro, que llegó a ser aborrecible por su fanatismo hacia la doctrina del nacionalsocialismo, al punto que, al desmoronarse el régimen de Hitler, él mismo y su mujer se suicidaron luego de que ella envenenara a sus hijos: Joseph Goebbels, quien alcanzó la importante posición de ministro de propaganda del nazismo.

Goebbels era un militante activo del movimiento, llegando a ocupar distintos cargos políticos hasta culminar como vocero ministerial, es decir, se había ganado los “galones” luego de una importante trayectoria.

Como ministro, jamás se dejó fotografiar con cara de imbécil, ni sonrisas cínicas, ni falsas alabanzas hacia su reverenciado jefe, pues daba la cara de frente y entendía que, al estar en el cenit del nazismo, debía ser radical: defender con convicción las acciones del régimen a cualquier precio, incluso falsificando los hechos o fabricando mentiras al punto que se le atribuye la frase que encabeza esta reflexión.

En fin, dentro del mundo de las maldades, Goebbels debería ser un ejemplo a seguir por quienes tratan de asumir el papel de voceros de un régimen.

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