En las palabras pronunciadas por Monseñor Diego Padrón Sánchez ante los arzobispos y obispos de Venezuela en la Asamblea Plenaria Ordinaria del 7 de enero de 2017,  con firmeza y claridad meridiana, ha afirmado:

“[ … ] el 2016 ha terminado muy mal, con gran desesperanza. El saldo está “en rojo” en todos los rubros. Casi 29.000 muertes violentas; hambre y falta de comida que solo producen agonías y desnutrición; desabastecimiento de medicinas, que provocan decesos y reaparición de epidemias; más de 120 presos políticos injusta e ilegalmente privados de
libertad; la corrupción generalizada, el ataque sistémico a la empresa no oficial y a los Medios de Comunicación independientes, la inconsulta, violenta e inconstitucional ideologización de la educación; los intentos de anular a la Asamblea Nacional; el cierre del camino electoral; la crisis financiera y, últimamente, la improvisación y confusión con el uso y desuso de la moneda de mayor valor que creó gran incertidumbre y angustia en la población, sobre todo en los más pobres
”.

De esta manera -sin tapujos como se diría coloquialmente-, el dignatario eclesiástico ha resumido la situación de caos en la que se encuentra Venezuela al cerrar el año 2016, sin visos de cambio sino que, al contrario, se visualizan nuevos hechos que profundizarán aún más los trágicos problemas a que ha conducido la guerra económica desatada por los ejecutores de la economía dirigida contra la libertad económica y el derecho de cada uno dedicarse a la actividad lucrativa de su preferencia, como sucede en la economía libre o de mercado y que consagra la Constitución. 

Monseñor concluye acertadamente en que “[ … ] en la historia venezolana de los últimos cincuenta años – si no más – los ciudadanos no habíamos atravesado una etapa tan dura, incierta e injusta”; pero no se circunscribe solamente a esa descripción gráfica y terrible, sino que hace responsable del fracaso del llamado diálogo a las partes sentadas en la mesa. Al efecto, afirma que “[ … ] ambas partes, Gobierno y Oposición, si bien a título diverso, no asumieron el diálogo en función del país, sino que lo consideraron más bien como una simple estrategia política, útil, no para dirimir los grandes conflictos que afectan a todos por igual, sino para fines particulares, incluso subalternos”. 

Esta afirmación es realmente importante porque identifica a los supuestos dialogantes -gobierno y oposición MUD- como autores del fracaso del conversatorio, señalando los que, en su criterio, fueron los objetivos subyacentes que torticeramente guiaban a las partes: “[ … ] para el Partido oficial y el Gobierno, el diálogo fue más bien un instrumento para ganar tiempo y frenar la presión interna y externa, y en concreto, el Referéndum Revocatorio del mandato del Presidente de la República. Para los sectores opositores, e incluso algunos ex militantes del primer oficialismo y como también simpatizantes de los llamados “ni-ni”, fue ocasión para exhibir las innumerables deficiencias, principalmente del Poder Ejecutivo, pero también de los otros Poderes afines o dependientes de él, en materia de Derechos Humanos, economía, respeto a la autonomía de los Poderes del Estado, en particular del Poder Legislativo, y transparencia en sus ejecutorias”.

De esta manera, deja el prelado establecida la mala fe de los dialogantes en quienes privaron, según él, los intereses particulares de cada una y de los propios dirigentes sobre el interés general y, en particular, sobre la búsqueda de una solución para detener el caos
reinante que arrastra al país más allá de la profundidad de la cavidad de la sima Humboldt del tepuy Sarisariñama, como expresara este escribidor en “Y DESPUÉS DEL DESASTRE, ¿CUAL ES EL PLAN?” (REFLEXIONES A PRIMEROS DE ENERO 2017).

Con respecto a la imputación que se ha hecho al Estado Vaticano de haberse dejado engañar por el Gobierno y de haber enfriado los ánimos para la protesta en la calle y para proseguir la ruta del Referéndum Revocatorio, atribuyéndole también una voluntad de apaciguamiento de las movilizaciones, y otros han ido más allá, pretendiendo descalificar al Facilitador enviado de Roma e incluso al propio Papa Francisco, monseñor Padrón ensaya una respuesta cronológica que deja fuera de toda duda cualquier responsabilidad de Roma y de la iglesia venezolana y, para ello, detalla minuciosamente lo que él denomina la verdad histórica:

“[ … ] el responsable primero y principal de que no se haya realizado el Referéndum Revocatorio en 2016 es el Gobierno Nacional que, temeroso de someterse al veredicto popular, utilizó alguna indecisión opositora, pero, sobre todo, subterfugios judiciales y la mayoría que tiene en el Directorio del Consejo Nacional Electoral para secuestrar, sin fecha límite, la convocatoria del Referendo , es decir, para denegar de facto el Derecho del Pueblo al voto en ejercicio de su soberanía. Hay cuatro fechas que todo venezolano tiene que tener muy claras: el 20, 22, 24 y 30 de octubre. El 20 el Gobierno negó toda posibilidad al Referendo, el 22 se produjo el asalto violento a la Asamblea Nacional, el 24 llegó al país el representante del Papa, Monseñor Emil Paul Tscherrig, y el 30 se produjo la primera reunión del hasta ahora frustrado Diálogo Nacional. Dicho de otra manera, el “secuestro” del Diálogo se produjo diez días antes de la instalación de la Mesa y sus cuatro Equipos”.

Con esta explicación queda claro lo que mucha gente pensaba: El llamado diálogo murió antes de nacer, mortinato; pero ello no es óbice para que, ante las puertas cerradas para el entendimiento político entre las partes, se descarte la posibilidad de dialogar porque como afirma el religioso, “[ … ] denigrar del diálogo en sí, como procedimiento de solución de conflictos, es un error político, histórico, sociológico, filosófico, estratégico, pero antes y aún más, es una falta de comprensión de lo que es el ser del hombre, una negación del sentido y valor de la relación humana fundamentada en la palabra compartida, pues los seres humanos somos constituidos humanos por la palabra, y es también una actitud antiética en cuanto representa implícitamente un rechazo a la palabra como vehículo de comunicación y comunión, como instrumento de convicción y verdad, y como paradigma de la expresión de libertad”.

Amable lector, respetuosamente le recomiendo leer con detenimiento la intervención completa de Padrón Sánchez. Además de lo comentado, conseguirá usted sorprendentes afirmaciones -devienen de una alta autoridad eclesiástica- como las referidas a la necesidad de dialogar “[ … ] para sacar a este país de la crisis que lo está destruyendo [ … ], únicos antídotos frente a la irracionalidad de la fuerza, la corrupción y la violencia, símbolos por excelencia de los peores males de esta sociedad”; el llamado a los Jefes de algunos partidos políticos de la oposición admitir que en los días del “ineficaz” diálogo no se comportaron a la altura de las circunstancias; y el reclamo a la omisa conducta de la “[ … ] ciudadanía y, más aún, de la Sociedad Civil organizada. La tentación desgraciadamente recurrente tanto de las instituciones civiles y democráticas como del común de los ciudadanos, es escurrir el bulto, evadir la propia responsabilidad y fomentar la antipolítica, haciendo caer el peso de todos los errores sobre los partidos políticos, aislados o integrados en alguna organización o alianza e incluso sobre la propia actividad política como instancia de convivencia en sociedad, y realización personal de servicio al Bien Común”.  

 

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