Apostillas sobre la oclocracia.

Carlos J. Sarmiento Sosa
Ex Presidente de IABA/FIA
(1993-1994)

Sumario

Introducción.

1. La oclocracia.

2. Características.

3. Oclocracia, caudillismo, populismo, burocracia autoritaria e “Idiota latinoamericano”.

4. Conclusiones.

Introducción

Mi primera reacción cuando leí la invitación para que propusiera un ensayo sobre la democracia en el continente americano fue de desinterés por un tema que, a mi modo de ver, ha sido ampliamente trillado en todos los escenarios, sean académicos, políticos, profesionales o de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, el gusanillo de la curiosidad siguió merodeando en mis neuronas y comenzó a hacer germinar algunas ideas, terminando por dar la razón a los promotores: El tema democrático es inagotable. Por tanto, como ex Presidente de la Interamerican Bar Association (1993-1994), me sentí obligado a hacer algún aporte partiendo de la esencia misma del concepto de democracia, de donde logré derivar hacia una forma de degeneración de esa concepción que, a mi entender, se impone cíclicamente por ese extenso territorio situado entre los Polos Norte y Sur que guardan el continente de Colón: La oclocracia (del griego ὀχλοκρατία, del latin ochlocratia), extraña palabreja -al menos para mí- cuyo origen se remonta a la cuna de la cultura occidental, cuando era ampliamente conocida y se entendía como el gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre, según la versión aristotélica clásica en el siglo IV A. C., que preveía seis formas de gobierno, de las cuales tres de ellas tenían por objeto el bien común: La monarquía, o gobierno de una sola persona; la aristocracia, o gobierno de algunos pocos; y la democracia, o gobierno de muchas personas.

Las tres otras formas de gobierno venían a ser degradaciones de las anteriores y así se tiene a la tiranía o el régimen de poder absoluto, de ordinario unipersonal, que con frecuencia instauraba el tirano, como la degradación de la monarquía; la oligarquía o aquella forma de gobierno en la que el poder supremo está en manos de unas pocas personas, como degradación de la aristocracia; y la oclocracia o gobierno de la muchedumbre como degradación de la democracia.

El propio Aristóteles en Política dio una jerarquía a sus formas de gobierno, de la mejor a la peor, así:

1. Aristocracia, aquel sistema de gobierno en el que el poder lo detenta un número reducido de personas a los que se les atribuye ser los más calificados tanto para gobernar como para elegir a los gobernantes. Dentro de la aristocracia se ubican la timocracia, un sistema en el que los únicos que participan en el gobierno son los que poseen determinado capital o un cierto tipo de propiedades; la plutocracia, un sistema en el que el gobierno lo ostentan quienes poseen las fuentes de riqueza; y la temocracia, aquel sistema en el que el gobierno lo ejercen los honorables.

2. Oligarquía, aquel sistema en el cual un grupo minoritario de personas, pertenecientes a una misma clase social, generalmente con gran poder e influencia (aristocrática) dirige y controla el gobierno.

3. Democracia, en sus dos acepciones: En sentido estricto, una forma de gobierno, de organización del Estado, en cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad a los representantes. En sentido amplio, es una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales.

4. Oclocracia, aquel sistema caracterizado por el gobierno de la muchedumbre, distinto a la sofocracia, en el que el gobierno debe recaer sobre los que saben.

5. Monarquía, un sistema en el cual la jefatura del Estado está a cargo de una persona que ejerce sus funciones con carácter vitalicio y es designada generalmente por un orden hereditario o por un grupo selecto, o sea la monarquía electiva.

6. Tiranía, en su concepción antigua en Grecia, era el régimen de poder absoluto, generalmente unipersonal, instaurado por el tirano gracias al apoyo popular, o por un golpe de estado militar o intervención extranjera, común en la antigüedad; y en su concepción moderna, la tiranía se identifica con un uso abusivo y cruel del poder político usurpado.

A lo largo de los siglos, el referido concepto aristotélico se ha hecho realidad en todas partes del orbe occidental. En efecto, si a la caída de Atenas siguió el auge y esplendor de Roma, en ésta se dieron los distintos sistemas que Aristóteles había enunciado, de manera que no se trata propiamente de una evolución de determinados conceptos sobre los sistemas de gobiernos, sino que han tenido vigencia en distintas épocas. Luego del declive de Roma, los mismos modos de gobernar fueron utilizados en el mundo occidental por otros gobernantes, desde la aristocracia hasta la tiranía, incluso el mismo siglo XXI, cuando se han perfilando con mayor precisión la monarquía constitucional y la democracia, con sus altibajos de regímenes oclocráticos y tiránicos que aún se mantienen, confirmando la anacyclose o teoría cíclica de la sucesión de los sistemas políticos, desarrollada por Polibio en Historiæ, sobre el 200 A. C.

Pero en toda esta concepción aristotélica de las formas de gobierno jugaban papel preponderante quiénes la determinaban o escogían, y, en el caso de la oclocracia, se identificaba a la muchedumbre, al sector social sumido en la ignorancia, que no debía ser confundido con otras nociones a primera vista similares, como multitud, pueblo o masa que para algunos filósofos tienen contextos distintos. En efecto, el concepto de multitud, promovido fundamentalmente por Baruch Spinoza en Tractatus theologico-politicus, representa una pluralidad que persiste como tal en la escena pública, en la acción colectiva, en la atención de los asuntos comunes, sin converger en un Uno, sin evaporarse en un movimiento centrípeto. La multitud es la forma de existencia política y social de los muchos en cuanto muchos: forma permanente, no episódica ni intersticial. Para Spinoza, la multitud es el arquitrabe de las libertades civiles.

El concepto de pueblo, demos, fue confrontado por Thomas Hobbes en Leviatan con el de muchedumbre que defendía Spinoza, al afirmar que el pueblo es el conjunto de ciudadanos que actúa como un cuerpo único con voluntad única, mientras que la multitud rehusa esa unidad conservando su naturaleza múltiple.

Por su parte, José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas introdujo el concepto de masa, del hombre masa, aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo”, y, sin embargo, no se angustia, se siente a salvo al saberse idéntico a los demás. El hombre masa es el que no está al mismo nivel de si mismo, el que se encuentra a mitad de camino entre el ignorante y el sabio, que cree saber y no sabe, y el que no sabe lo que debería saber.

Este hombre masa devoto del Oclócrata se asimila a El hombre mediocre de José Ingenieros, aquella persona incapaz de usar su imaginación para forjar ideales que le planteen un futuro por el cual luchar. Es una persona que se vuelve sumisa que se convierte en parte de un rebaño o colectividad, a la que no le cuestiona las acciones, sino que sigue ciegamente; sumiso, manejable, ignorante, sin personalidad, contrario a lo considerado perfecto, cómplice y motor de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra amar. En su vida complaciente se vuelve vil y escéptico, un cobarde. Un hombre mediocre no acepta nuevas ideas, distintas a las que ya ha recibido por herencia y no se convierte en genios, ni héroes ni santos.

A partir de esta distinción, etimológicamente, la democracia es el gobierno del pueblo que con la voluntad general legitima al poder estatal, y la oclocracia es el gobierno de la muchedumbre, es decir, la muchedumbre, masa o gentío u hombre mediocre, es un agente de producción biopolítica que a la hora de abordar asuntos políticos presenta una voluntad viciada, evicciosa, confusa, injuiciosa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno y por ende no conserva los requisitos necesarios para ser considerado como «pueblo».

Por esa razón, Jean Jacques Rousseau en El contrato social señala que la oclocracia es la degeneración de la democracia porque es una desnaturalización de la voluntad general, que deja de ser general tan pronto como comienza a mostrar vicios en sí misma, encarnando los intereses de algunos y no de la población en general, pudiendo tratarse ésta, en última instancia, de una voluntad de todos o voluntad de la mayoría, pero nunca de una voluntad general; o como sostuvo James Mackintosh en Vindiciae Gallicae, la oclocracia es la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, como el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo.

En las líneas que siguen, la oclocracia será el tema central de este breve ensayo, con sus  características, sus diferencias con el caudillismo, el populismo, la burocracia autoritaria para finalizar con las pertinentes conclusiones.

1. La oclocracia

Como ya se ha visto, la oclocracia es, simplemente, aquel sistema caracterizado por el gobierno de la muchedumbre, es decir, aquel sector de la sociedad sumido en la ignorancia, que se mueve por sentimientos elementales y emociones irracionales, en contraposición al pueblo, aquel cuerpo social que está conformado por los ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, con una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y ejercer así su poder de legitimación de forma plena.

2. Características

Esta aproximación al concepto de oclocracia pone de relieve su característica fundamental, es decir, el gobierno de la muchedumbre, contrapuesto al pueblo, al demos griego, de donde se puede obtener una primera conclusión: La muchedumbre, como grupo social sumido en la ignorancia, produce al oclócrata, un personaje que vuelca todos sus esfuerzos publicitarios y manipuladores hacia la muchedumbre, apelando a los sentimientos más burdos y elementales de ésta para legitimarse en el poder y alcanzar sus propios objetivos, teniendo en cuenta superficialmente los intereses reales de un país pues su único objetivo es la conquista y mantenimiento del poder. 

Ante ello, la muchedumbre se rinde y siente que, a través del olócrata, ejerce el poder y que su propia situación personal mejora aunque esté hundiéndose en la más profunda de las miserias, pero jamás pierde la esperanza. Sus limitaciones culturales, sociales, económicas, raciales y de toda especie le impiden ver la realidad y queda a merced de ese sujeto manipulador que lo controla mientras disfruta de su poder. Es la muchedumbre el sostén del oclócrata.

Como se observa, pues, dos son los elementos claves para que se manifieste la oclocracia: la muchedumbre que, a la vez, da vida al oclócrata, caracterizado por el carisma, esa cualidad que Max Weber en Economía y Sociedad define como la cualidad que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares) de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas -o por lo menos específicamente extraordinarias y no asequibles a cualquier otro- o como enviado del dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder.

El oclócrata asume el papel de ese caudillo carismático, dotado de la capacidad intuitiva de adaptar materiales simbólicos a las necesidades de la muchedumbre haciendo creer que va a satisfacer las más inmediatas vindicaciones de ella para, de esa forma, mantener la adhesión de ese sector social sumido en la ignorancia y la desesperanza y que, ante la manipulación del oclócrata, se rinde y entrega a éste con fe ciega.

En el desarrollo de su política, el oclócrata sólo tiene en cuenta de una forma superficial y burda los reales intereses de su país, dirigiéndose el objetivo de la conquista y al mantenimiento de su poder personal o de grupo, haciendo uso de la demagogia y apelando a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos nacionalistas exacerbados; el fomento de los miedos e inquietudes irracionales; la creación de deseos injustificados o inalcanzables, frecuentemente mediante el uso de un verbo encendido o vulgar, o una repetida retórica generalmente soez y plena de descalificaciones a sus opositores, con miras a permitirse el control de la muchedumbre. También, acude el oclócrata a la apropiación de los medios audiovisuales de comunicación así como el control de las instituciones educativas, desde la edad escolar hasta la universitaria, a fin de aplicar un proceso de desinformación y tergiversación de cualquier afirmación que le sea contraria a sus intereses. La expropiación de la propiedad privada es una de sus armas favoritas para asumir el control de lo que se denominan empresas básicas o empresas distribuidoras de bienes de primera necesidad e, incluso, sirve para amenazar a todo aquel que sea propietario. La Reforma Agraria siempre está presente en el léxico del oclócrata y los propietarios de tierras destinadas a la agricultura o la ganadería resultan expropiados por ser considerados terratenientes y acusados de mantener ociosas sus propiedades.

De esta manera, el oclócrata mantiene un dominio sobre la muchedumbre que hace valer sus propias instancias inmediatas e incontroladas, a grito de “ahora el poder es el pueblo”. Dentro de esas instancias pueden mencionarse “Consejos Comunales”, milicias populares, escuadrones para la vigilancia de los comerciantes ante supuestas e imaginarias escaladas ilegales de precios de los productos básicos, constitución de un partido único y, en fin, cualquier tipo de organización que haga creer a la muchedumbre que es depositaria del poder.

Pero, como sostiene Rousseau a la oclocracia le falta la piedra angular, es decir, la voluntad general de unos ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y para ejercer su poder de legitimización de forma plena, que viene a ser el demos, en el sentido exacto de la palabra pueblo. Puede decirse, por tanto que, en la oclocracia la legitimidad que otorga el pueblo está corrupta, porque carece de los elementos racionales que asigna Hobbes al pueblo.

3. Oclocracia, caudillismo, populismo, burocracia autoritaria e “Idiota latinoamericano”.

Establecidas las características de la oclocracia, hay que hacer referencia otros fenómenos con los cuales aquella no debe ser confundida, sino que son mecanismos de los que se vale el oclócrata en su labor de manipulación o hinoptización de la muchedumbre: el caudillismo, el populismo y la burocracia autoritaria, todas ellas muy adictas a la demagogia, esa forma de gobernar que se caracteriza porque los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

3.1. El caudillismo, es un fenómeno social y político surgido durante el siglo XIX en la América Hispana, consistente en la aparición en cada país de la región de líderes carismáticos cuya forma de acceder al poder y llegar al gobierno estaba basada en mecanismos informales y difusos de reconocimiento del liderazgo por parte de las muchedumbre y que depositaban en «el caudillo» la expresión de los intereses del conjunto y la capacidad para resolver los problemas comunes.

3.2. El populismo es definido como ese denominado fenómeno social que se encuentra en corrientes heterogéneas caracterizadas por su aversión retórica o real a las élites económicas e intelectuales, su rechazo de los partidos tradicionales, su denuncia de la corrupción política por parte de las clases privilegiadas y su constante apelación al demos como fuente del poder, y que tiene, en su esencia, dos elementos fundamentales como distingue Luis Britto García, en La máscara del poder: uno, de carácter político social que es la aceptación de la coexistencia de clases sociales antagónicas; y el otro, de carácter social, cual es un mensaje centrado en la tradición popular, transmitiendo un mensaje que enfatiza la identidad cultural de sus clientelas manipulando de manera asistemática diversos rasgos de la tradición cultural y que intenta establecer la identidad del partido con la nación según Donald Mac Rae en El populismo como Ideología. Aunque hay considerables variaciones en el grado de competitividad y democracia dentro del populismo, están basados en una coalición multiclasista de intereses urbanos e industriales que incluye a la élite industrial y al sector popular urbano, como dice Guillermo O´Donnell en Modernization and Bureaucracy-Authoritarianism: Studies in South American Politics.

3.3. El modelo burocrático autoritario, con carta de nacionalidad en la América Hispana, muy en boga a partir de 1964 con un golpe de estado propiciado por los militares brasileños contra el gobierno constitucional de Janio Quadros y que tuvo relevante importancia en el continente hasta fines de la década de los 80, con la separación del poder de la jerarquía militar que a través del general Augusto Pinochet rigió en Chile, luego de haber tenido vigencia en Argentina, Perú y Uruguay, como puede investigarse en la compilación dirigida por David Collier, El nuevo autoritarismo en América Latina.
Fernando Henrique Cardoso en Sobre la caracterización de los regímenes autoritarios en América Latina diferencia el modelo burocrático autoritario del caudillismo militar o civil porque, en su opinión, aquél se da cuando las fuerzas armadas toman el poder no para mantener en él a un dictador sino más bien para reorganizar la nación de acuerdo con la ideología de “seguridad nacional” de la doctrina militar moderna que regía para los años ochenta.

3.4. El “Idiota latinoamericano” ha sido personificado en la literatura hispano parlante por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa en Manual del perfecto idiota latinoamericano y en El regreso del Idiota, una nueva figura que se asemeja al olócrata, y que se caracteriza por la prédica ideológica tercermundista, en todas sus aberrantes variaciones, desde el nacionalismo, el estatismo, el populismo y, el odio a los Estados Unidos y al “neoliberalismo”, en un continente “idiotizado”.

Generalmente, el “Idiota latinoamericano” puede sufrir un derrame cerebral a la hora de llenar un crucigrama, si se considera la debilidad de sus neuronas habituadas únicamente a la repetición mecánica del mismo discurso, frase que, según Elías Pino Iturrieta en El gendarme importado, le pertenece a Montaner al referirse a cierto y tenebroso personaje cubano.

Por su parte, Mario Vargas Llosa, en Piedra de toque, que sirve de prólogo a El Regreso del Idiota, se anticipó a anunciar que los autores de la obra lograron determinar que el fenómeno de la idiotez también se presenta en Estados Unidos con Noam Chomsky, y en Europa con Ignacio Ramonet, Alfonso Sastre y Harold Pinter, quienes dan importante soporte a los Idiotas latinoamericanos.

Esto significa que el oclócrata puede utilizar, además del populismo, cualquier otro mecanismo que le permitan las circunstancias de la muchedumbre, de manera que será visto en un momento como un caudillo que ejerce un poder arbitrario no subordinado a normas ni restricciones y en nombre de una “causa” mediante la cual asocia su interés particular con el de sus seguidores, o como un dirigente populista, haciendo uso de un lenguaje común con el de sus seguidores y un cierto grado de identificación entre éstos y el emisor del mensaje, integrando para ello varios factores, como la tradición, para lo cual fabrica un mensaje propio eficaz como ataques a la gran burguesía, destinado a ganar la reacción favorable de la muchedumbre, como afirma Britto; o acudiendo al modelo burócrata autoritario, con respaldo de las fuerzas militares, para impedir las prácticas democráticas y el ejercicio de la libertad; o encubriéndose bajo el ropaje del “Idiota latinoamericano” que describen los citados intelectuales iberoamericanos.

4. Conclusiones

Como sostuvo Polibio, la oclocracia se presenta como el peor de todos los sistemas políticos, el último estado de la degeneración del poder, y siguiendo el modelo aristotélico, describe un ciclo de seis fases que hace volcar la monarquía en la tiranía, a la que hace continuación la aristocracia que se degrada en oligarquía, luego de nuevo la democracia piensa remediar la oligarquía, pero zozobra, ya en la sexta fase, configurándose como oclocracia, donde no queda más que a esperar al hombre providencial que los reconduzca a la monarquía. Es su teoría de la anacyclose, o sea, la sucesión y repetición cíclica de sistemas políticos.

A este punto, conviene preguntarse si será necesaria, como decía el historiador precristiano, la aparición del hombre providencial que reconduzca la viciada oclocracia hacia la primera forma de gobierno que -en su época- era la monarquía para iniciar nuevamente el ciclo? A mi entender, la actitud contemplativa se equipara al concepto de muchedumbre, pues la omisión en ese caso vendría a ser una sumisión a los designios del oclócrata, pues existiendo en el mundo moderno bases fundamentales que consagran y garantizan los derechos humanos, todo ciudadano está en el derecho de tomar las acciones necesarias de pueblo -demos-, en el sentido expuesto por Hobbes, para la exclusión de una oclocracia en la cual el seudo líder de turno solamente puede aspirar a un mandato vitalicio alcanzado mediante la rapacería y el escamoteo, para dar paso al restablecimiento de un sistema político que sea producto de la voluntad de un cuerpo social que está conformado por los ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, con una voluntad integrada y preparada para la toma de decisiones y ejercer así su poder de legitimación de forma plena, sin tener que esperar por hombres providenciales que le devuelvan al mejor sistema de gobierno que, en lo personal, es la democracia. Ya decía Ortega y Gasset: “la vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial”.

Porque, en realidad, pareciera que el mundo se encuentra en una fase de escalofriante descenso hacia la oclocracia cuando el populismo, maestro en el ejercicio cínico de la tergiversación, devora países en Hispanoamérica aunque, como sostiene Britto, el término no es original del Nuevo Mundo puesto que se ha presentado en la venerable Europa; o cuando uno se pregunta si es oclocracia la que sufren los países gobernados por regímenes teocráticos; o si el adoctrinamiento y la censura cultural a que el oclócrata quiere someter a sus pueblos a la fuerza mediante el pensamiento débil y único de la posmodernidad es una manifestación patológica de la oclocracia; o si la estúpida obsesión nacionalista con la que mediocres arribistas de limitada cultura quieren echar por tierra logros de siglos de fructífera unión, es pura y simple oclocracia.

Entonces, qué hacer para evitar el anacyclose si el mundo, y en particular la América Hispana con las notables excepciones de Chile y Colombia, enfrenta una fase de declive mundial hacia la oclocracia, ¿Cómo mantener nuestras libertades en democracia y evitar que el ciclo de Polibio se repita? ¿Tal vez recuperar los valores? ¿Tal vez sacar del baúl de los recuerdos el derecho natural que nos dice que no es lícito legislar, ni siquiera democráticamente, contra la naturaleza humana? ¿Tal vez formarnos debidamente e inculcar a nuestros hijos criterios de hombres idealistas, esos que Ingenieros expone como personas capaces de usar su imaginación para crear ideales genuinos y que son capaces de seguir ilusiones e ideales de perfección muy altos?.

La respuesta puede encontrarse en una frase -que aún tiene mucho que enseñar- de El Libertador Simón Bolívar, ese hombre de carne y hueso cuya imagen, a pesar de las desmitificantes investigaciones de Madariaga y de las denuncias de Carrera Damas sobre el culto bolivariano, ha sido llevada a los altares por caudillos, tiranos, demócratas, burócratas autoritarios y oclócratas a lo largo de 200 años de vida republicana:
Moral y luces son nuestras primeras necesidades.

Caracas, Venezuela, 2010.

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