¿Qué es el Estado?

En la 23ª edición del DRAE, se entiende, dentro de otros conceptos, que el Estado es el conjunto de los poderes y órganos de gobierno de un país soberano.

Esto significa que el Estado es un concepto político que se refiere a una forma de organización social, económica, política soberana coercitiva, formado por un conjunto de instituciones no voluntarias que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente de regular la vida de los ciudadanos radicados en un territorio.

Muchas han sido las definiciones -distintas a las del DRAE- que se han dado al Estado, desde los clásicos hasta los tratadistas modernos y contemporáneos y, dentro de ellas, se puede citar la del jurista alemán Hermann Heller que lo define como “una unidad de dominación, independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con medios de poder propios, y claramente delimitado en lo personal y territorial”.

El origen y evolución del concepto de Estado hay que buscarlo en esa voluntad innata del ser humano de imponerse por encima de sus semejantes pero que, al juntarse, se vio en la imperiosa necesidad de auto controlarse para que, con otros seres humanos de su agrupación, diera paso consensualmente a la autoridad para que fuera ésta quien se impusiera sobre el resto de la comunidad, con lo cual se da legitimidad, es decir, conformidad mediante las normas que se imponían a todos.

Obviamente, eran formas primitivas que solamente pueden considerarse como antecedentes del Estado; pero de ellas se denota la presencia de tres elementos fundamentales: la autoridad legitimada, la población y el territorio. 

Más adelante, Grecia hizo un importante aporte al concepto de Estado. Agrupados los griegos en las ciudades -las polis-, participaban de forma vinculante en ciertos asuntos, sin que mediara la voluntad señorial, ejercían el derecho al voto y tenían el derecho de opinar cuando se trataba de defender el territorio de la ciudad del asedio de los enemigos.

En el régimen feudal que prevaleció durante la Edad Media, los vínculos personales se imponían sobre la noción de territorio porque el poder era ejercido por los señores, quienes se equiparaban a los reyes y príncipes en cuanto a que detentaban la potestad de recaudar impuestos, acuñar moneda, reclutar tropas y administrar justicia, o sea, contaban con legitimidad para realizar esos y otros actos.

Paulatinamente, los soberanos necesitaron desembarazarse de los señores feudales y del  poder de la Iglesia, con lo cual sentaron los primeros pasos de lo que sería el nacimiento del Estado moderno. Para ello, invocando la legitimidad, comenzaron a formar conglomerados de personas en territorios organizados e independientes unos de otros, naciendo así la noción de soberanía, que unida a una legitimidad ejercida por un poder central, a los ciudadanos y al territorio, dan lugar al Estado.

Así surgieron los Estados europeos y, posteriormente, los americanos y, en forma sucesiva en todo el orbe, se llega al Estado moderno, o sea, ese ente jurídico supremo, invisible pero palpable en el cual los ciudadanos están sometidos a un orden jurídico establecido que les limita y reconoce los derechos en una forma organizada y que ellos mismos han adoptado a través de la carta magna o constitución. Es, jurídicamente, una corporación que detenta el ejercicio del poder.

Como se observa, el Estado de hoy no se corresponde con sus antecedentes medievales ni con los clásicos ni con las sociedades primitivas, pero puede afirmarse que, en lugar de debilitarse o desaparecer, se ha fortalecido y es admitido en el concierto mundial, donde diferentes Estados conviven y comparten, siendo prácticamente imposible pensar en que una institución de esa naturaleza pueda perder vigencia.

No obstante, existen tendencias que repudian al Estado, como los anarquistas, quienes sustentan que el ejercicio soberano de la libertad individual prevalece sobre el Estado porque éste es un ente represor, causante de los males que aquejan al mundo; y los marxistas, quienes consideran que el Estado no es más que el aparato armado y administrativo que defiende y sostiene los intereses de la burguesía, por lo que debe ser sustituido por el Estado obrero como paso de transición hacia el socialismo y el comunismo.

 

“Percepciones Ciudadanas del Sistema Electoral”

Así se titula un trabajo desarrollado por el Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), de Caracas, y que, comentado por el licenciado Eugenio Martínez en “El Universal”, a juicio de este escribidor merece alguna reflexión por tratarse de una materia tan importante como es la atinente al Poder Electoral.

Lo primero que resalta es que al menos la mitad de los ciudadanos consideran que los candidatos que participen en los procesos electorales deben recibir financiamiento público para realizar sus actividades, con lo cual se revela que se tiene conciencia de la importancia de la competencia electoral por lo que todos los que opten como candidatos deben ser beneficiados; pero, al mismo tiempo, dos de cada tres electores piensan que las organizaciones políticas -oficialistas y de oposición- utilizan ilegalmente el dinero público para financiar sus campañas.

Con respecto al desempeño de los partidos de oposición y pro oficialistas durante los eventos electores, su valoración oscila entre regular y muy mala. En el caso concreto de los partidos de oposición, 61,4% considera que su desempeño durante los procesos electorales es negativo, opinión que comparten 58% de los electores en el caso de los partidos que integran el llamado Polo Patriótico.  

A modo de ver de este escribidor, esos altos porcentajes sobre la evaluación del desempeño de los partidos en los procesos electorales es decepcionante; y pareciera que, precisamente por esa razón, es que los encuestados en el estudio valoran como útil la actuación de las organizaciones de “veeduría” electoral, sean nacionales o extranjeras, quizás porque las ven como garantes del cómputo electoral al tener acceso al organismo electoral.

¿Contradicción?

Los medios han difundido noticias que realmente son muy curiosas:

Una de ellas dice que, según un informe de un serio y prestigioso organismo financiero internacional, Venezuela está en los últimos puestos del mundo para hacer negocios, incluso después de Haití.

Otra encuestadora, también muy respetable, ha concluido en que Venezuela es uno de los países con mayor inseguridad personal a nivel mundial.

Finalmente, y en estos mismos días, otro reporte internacional afirma que Venezuela es el país menos próspero de América Latina.

De otro lado, noticias de allende los mares dan cuenta de que la población venezolana es muy feliz. Es más, en el 2008 Venezuela rompió el record Guinness como el país más feliz.

Este escribidor se pregunta: ¿Será todo esto una contradicción?. 

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