Carlos J. Sarmiento Sosa
         
   “Escribe, que algo queda”.
Francisco “Kotepa” Delgado
 
Decía recientemente el Presidente de una encuestadora en un programa de TV que los seguidores de la corriente oficialista constituyen un altísimo porcentaje de la población venezolana porque se identifican con su líder y su mensaje.
 
Esa afirmación genera incredulidad porque, si en efecto ese grupo está retratado plenamente con su dirigente, por qué entonces en los procesos electorales  acuden a cuestionables métodos como el abuso de los recursos del Estado, regalos, presiones a los empleados públicos, parcialidad de los árbitros, etc?  Es que esa identificación es frágil, o que ese sector de electores es fácil de manipular? O que esa identidad no existe realmente? O será que simplemente se trata de una estrategia electoral consistente en mostrar todo el poderío del Estado en apoyo del/los candidato (s) oficial (es) para abrumar al sector opositor, como un mecanismo de disuasión?  
 
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Pedro María Morantes fue un abogado que, llegado a Caracas a principios del Siglo XX al inicio de la Revolución Restauradora de Cipriano Castro, tuvo a su cargo un Juzgado de Primera Instancia en la capital; y todos los días, como se acostumbraba en la época, acudía a la Plaza Bolívar para reunirse con numerosos caraqueños que disfrutaban la Plaza Mayor en compañía de amigos y familiares. Pero Morantes, mejor conocido por su seudónimo de Pio Gil, no iba solamente a compartir, sino a observar el comportamiento de la sociedad capitalina, por lo que iba cuidadosamente acumulando notas que luego ensamblaría para editar “Cuatro años de mi cartera”, obra que ha sido calificada como la radiografía de la adulación en Venezuela.
 
En su obra, de contenido panfletista, Pío Gil narra las peripecias de los más importantes personajes de la política y de la sociedad de su tiempo, haciendo énfasis en la corrupción y en las desmedidas lisonjas que los amigos del Presidente Castro -“El hombre de la levita gris”. “El capitán Tricófero”, “El indio en su cuerito”, “El mono trágico”, “El Restaurador”- rendían a éste prolijamente; y en uno de estos indecorosos sucesos se encuentra una anécdota relativa al malestar estomacal que sufrió Castro en un viaje al Estado Bolívar.
 
Cuenta Pío Gil que estando “El hombre de la levita gris” en su tienda de campaña, le atacaron unos intensos dolores estomacales en la madrugada que le mantenían en su improvisado aposento. Sus ayudantes y médicos le acompañaban y le prodigaban todo tipo de cuidados, pero era imposible que el Invicto pudiera hacer una evacuación de sus intestinos.
 
Afuera, sus  compungidos y preocupados conmilitones daban vueltas en círculo a la espera de un desenlace que, finalmente, se produjo: unos estentóreos ruidos acompañados de una pútrida emanación de gases puso fin a los males presidenciales y, de inmediato, el jolgorio y la alegría volvió a la antesala de la tienda de campaña donde ministros y militares se abrazaban mutuamente felicitando al general Castro y a sí mismos al tiempo que, gozosos, aspiraban el nauseabundo olor que emanaba de aquel lugar, al punto que alguno llegó a gritar: Se salvó la patria!!!. Y el hecho se hizo noticia a través de un diario afecto al régimen.
 
Esto aconteció más de cien años. Habrá la sociedad venezolana cambiado desde entonces su visión frente a quien detenta el poder? O habrá evolucionado la sociedad venezolana de tal manera que es libre e independiente frente al poder, y  está consciente de que no está sujeta a tutelajes de un padre protector que cumpla las funciones de Presidente de la República?
 
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Volviendo a Pío Gil, su animadversión contra “El Restaurador” fue tan grande que, además de “Cuatro años de mi cartera”, escribió “Los Felicitadores” y El Cabito en las que ataca ferozmente a “El mono trágico”.
 
El Cabito es una novela que tiene como marco de referencia el gobierno de Castro a principios del Siglo XX caracterizado por la corrupción y por la legendaria lujuria del Presidente, cuyas borracheras y desenfrenos sexuales eran conocidos por todos los caraqueños, al punto de que los padres hasta escondían a sus hijas para evitar que el tiranuelo “les pusiera el ojo” porque, en ese caso, o el padre entregaba a su hija voluntariamente, o era objeto de todo tipo de chantajes hasta arruinarlo, a cambio de la doncella, con el apoyo de solícitos ministros que se encargaban de conseguirle a las jóvenes.
 
Y es ese precisamente el tema de la novela que, a medida que el lector se va adentrando en ella,  un profundo odio y desprecio hacia “El hombre de la levita gris”  se va adueñando de uno porque la pluma de Pio Gil hace que uno se incorpore a las miserables escenas que obligan a la joven a recluirse en un monasterio luego de haber sido acosada y violada por el miserable dictador.
 
En 1908, Pío Gil se marcha a Europa en el vapor Guadaloupe, el mismo en el que viajaría “El Capitán Tricófero” para ir a Alemana a tratarse los males que afectaban su salud. Ninguno de los dos volvería a la tierra patria, con la particular coincidencia de que ambos en el exterior, y sin conocerse, fueron perseguidos por los sicarios gomecistas, aunque por razones distintas; pero con el transcurso de los años, los restos de Morantes fueron llevados a San Cristóbal, Estado Táchira, donde reposan en un Mausoleo de Héroes, mientras que los huesos de su odiado adversario yacen en el Panteón Nacional de Caracas.
 
Cuentan  que cuando Castro le informaron o leyó partes de los escritos de Morantes, exclamó: “que vaina le eché yo a ese hombre para que me odie de esa manera?       Ironías de la vida.
 
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Así como en otros países existen monumentos a los héroes, como es el caso de El Valle de los caídos, donde reposan el generalísimo Francisco Franco y Bahamonde y José Antonio Primo de Rivera; o el cementerio de Arlington, en Virginia; o la tumba de Napoleón Bonaparte en Les Invalides, en Venezuela el general Antonio Guzmán Blanco, afrancesado en su formación, procuró que una vieja iglesia colonial se transformara en el Panteón Nacional, sitio donde cada determinado número de años son llevados aquellos a quienes el Poder Legislativo considere que son héroes de la patria, construcción a la que recientemente en 2011 se le ha erigido al lado otro monumentos para honrar a los notables de la historia.
 
Pero resulta que no son todos los que están ni están todos los que son; y es que el ser o no
ser héroe o notable de la patria es un asunto subjetivo porque no existe un “check list” de condiciones objetivas.
 
Para algunos, José de Jesús González, “El Agachao”, un asaltante de caminos de la guerra de la Federación relacionado con Ezequiel Zamora, merece su hospedaje en el Panteón Nacional a pasos de los de su pariente, al igual que Cipriano Castro, un borracho, pendenciero y jugador pero que, para otros, representa la  soberanía frente al invasor solamente porque un ilustre escritor que le fungía de secretario le escribió unas bonitas palabras para insuflar el abatido ánimo de los venezolanos frente al bloqueo de las costas por las potencias extranjeras.
 
Y qué de José Gregorio Monagas, un héroe de la independencia que se caracterizó por un sinnúmero de arbitrariedades y latrocinios durante su gobierno en combinación con sus hermanos al punto que su era se conoce como el “Monagato”? Y el doctor y general Antonio Guzmán Blanco, excelso peculador, el urbanizador de la Caracas, qué descansa en el Panteón Nacional junto a su padre Antonio Leocadio Guzmán, otro infame personaje que se salvó de la pena de muerte por un indulto decretado por José Tadeo Monagas  también huésped del regio recinto, que luego le nombraría Ministro de Interior y Justicia y más tarde su Vicepresidente de la República?
 
La lista pica y se extiende y, a lo mejor, cualquier día aparece muerto un ser detestable y es declarado huésped de honor del sagrado recinto, digno de compartir sus tropelías con quienes no debieran estar allí, mientras unos verdaderamente honorables duermen el sueño eterno en cementerios municipales. Dónde descansan los restos del general Eleazar López Contreras, reconocido en vida por su gestión de gobierno, considerada como histórica, y respetado como ejemplo de civismo hasta por sus propios adversarios? O los del general Isaías Medina Angarita, cuyo gobierno se caracterizó porque en él no hubo detenidos ni exilados políticos?
 
Será que tienen razón los que propugnan que los restos de El Libertador deben ser trasladados al coloso que se construye actualmente al lado del Panteón Nacional? Allí, quizás, podría exclamar el Padre de la Patria: Más vale solo que mal acompañado!.

3 comentarios en “REFLEXIONES AL FILO DE LA NAVIDAD 2012”

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