Don Miguel de Unamuno y la solución militar

 
Meses antes de su fallecimiento en diciembre de 1936, don Miguel de Unamuno concedió una entrevista al periodista francés Jérôme Tharaud en la que expuso sus ideas sobre el panorama que mostraba la guerra civil iniciada con el alzamiento nacional del 18 de julio de 1936, en la que expresó:
 
“Tan pronto como se produjo el movimiento salvador que acaudilla el general Franco, me he unido a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una guerra internacional. (…) En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto substrato patológico-corporal. Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el miserable gobierno de Madrid no ha podido, ni ha querido resistir la presión del salvajismo apelado marxista, debemos tener la esperanza de que el gobierno de Burgos tendrá el valor de oponerse a aquellos que quieren establecer otro régimen de terror. (…) Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza el general Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para restablecer la patria que se está ensangrentando, los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y por amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos, ni a los convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil
e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo”.
 
Creía Unamuno que los militares salvarían a España del estado de caos en el que se desenvolvía la República en manos de los civiles, lo que por aquellos días confirmó en una conversación con el escritor griego Nikos Kazantzakis:
 
“En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y saben cómo imponerla. No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado”.
 
Lo que no sabía el ilustre pensador era que la solución militar que él consideraba que impondría la disciplina y devolvería el orden a España se valdría de la larga dictadura del generalísimo Franco, en medio de la negación de todos los derechos.
 
 

Summum Ius Summa Iniuria

 
Como en estos días ha estado muy en boga las solicitudes de medidas humanitarias en favor de detenidos políticos, y la reacción contraria en el sentido de que los crímenes no pueden quedar impunes, viene a colación el aforismo romano que titula esta reflexión, cuyo autor fue el Marco Tulio Cicerón, jurista, político, filósofo, escritor y orador romano
en su obra De officis, cuya vida transcurrió antes de la era cristiana.
 
Summum ius summa iniuria se puede traducir por “sumo derecho, suma injusticia”, o también,  “suma justicia, suma injusticia”, cuyo sentido es que la aplicación estricta y al pie de la letra de una disposición legal puede traducirse en la mayor forma de injusticia.
 
El derecho, en su aplicación, debe ir de la mano con la equidad, es decir, debe guiarse más por el deber y la conciencia que por la propia justicia o la ley porque, de lo contrario, puede convertirse en una injusticia; pero si, además, existen razones de orden humanitario, éstas, unidas a la equidad, deben ser tomadas en consideración para aliviar la suerte del condenado. De lo contrario, quien tiene el poder de perdonar recibirá el implacable juicio de la historia.
 

Bochinche

 
Arturo Uslar Pietri, en el discurso de orden pronunciado en el Senado de la República el 4 de julio de 1966 (Oraciones para despertar, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1998) refería con claridad el drama de Francisco de Miranda quien, luego de 40 años fuera de Caracas, regresó a ésta en los momentos que siguieron al 19 de abril de 1810, resultando prácticamente ignorado en una pueblerina ciudad donde su fama y su figura se agigantaba con la leyenda que le rodeaba luego de recorrer Europa y los Estados Unidos y codearse con figuras como Washington, Bonaparte, y supuestamente haber compartido el lecho de Catalina la Grande.
 
Pero, un día, en medio de las dificultades que surgían a cada momento entre los actores independentistas, Miranda fue invitado a tomar parte en el proceso. Así lo confirma Uslar:
 
No lo iban a llamar sino en la hora de las desesperadas dificultades. Cuando a la sombra de instituciones inadecuadas cundiera la anarquía y el caos social en todo el territorio, cuando bisoños oficiales a la cabeza de tropas colecticias no supieran organizar ni utilizar sus fuerzas, cuando el tesoro se halle en ruinas y la confianza pública trepide, cuando aparezca el fantasma del terror en los campos y todos tiemblen ante la inseguridad de la hora, se acordarán de él para pedirle que se ponga a la cabeza de un ejército inexistente, para que organice un Estado que no existía sino en el papel de la Constitución y para que enfrente con buen éxito la más formidable combinación de circunstancias adversas”.
 
Dentro de ese estado social, era evidente, como comenta Uslar, que Venezuela no podía entender a Miranda, ni él podía comprender y encaminar aquella sociedad caótica que bullía desorientada a su alrededor. Por ello, cuando en la madrugada del 31 de julio de 1812 le fue anunciado que sus propios oficiales lo detenían, contempló a cada uno de los circunstantes y soltó su transcendental frase: “Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche”.
 
El significado de esta famosa expresión que, como una maldición se ha manifestado reiteradamente por más de 200 años, fue  interpretado por Uslar en los siguientes términos:   
 
Más que un gesto de profundo desengaño, era la voz del oráculo que anunciaba los tormentosos anales de nuestra larga desunión civil. En el fondo de la conciencia venezolana resuena y debe resonar para siempre aquella voz que en la más trágica hora de su existencia condenaba y maldecía la anarquía estéril, la violencia estúpida y el desacato a las instituciones y a la autoridad legítima”.
 
Más de 47 años han transcurrido desde que Uslar pronunciara su elogio al generalísmo Francisco de Miranda.

 

 

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