El Rey ha abdicado: Viva el Rey

 

La abdicación del rey Juan Carlos I ha generado una expectativa y hasta una alharaca que va más allá de las revistas del corazón, y transciende los límites de la madre patria. Para entenderlo, hay que hurgar en la historia.

 

En 1931, visto el triunfo de los partidos republicanos en unas elecciones municipales, el rey Alfonso XIII optó por renunciar al trono, dando paso a la segunda República española.

 

Luego de la terminación de la guerra civil, e iniciada en 1939 la dictadura del generalísimo Francisco Franco, el rey Alfonso XIII, desde su exilio romano, abdicó en favor de su hijo, don Juan de Borbón, en 1941, quien vanamente esperó por su acceso al trono, mientras la autocracia franquista se fortalecía en el poder hasta que sorpresivamente, en 1969, Franco dirigió a las Cortes un mensaje “en relación con el artículo 6º de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado”, en el que designaba como su sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón, siendo el caudillo enfático en su discurso:

 

“…creo necesario recordaros que el Reino que nosotros…hemos establecido, nada debe al pasado; nace de aquel acto decisivo del 18 de Julio, que constituye un hecho histórico trascendente que no admite pactos ni condiciones…Se trata, pues, de una instauración y no de una restauración, y sólo después de instaurada la Corona en la persona de un Príncipe comienza el orden regular de sucesión que se refiere en el artículo 11 de la misma ley…”.

 

El Príncipe, al aceptar la designación de sucesor, respondió al anciano gobernante así:

 

Quiero expresar, en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra Patria encauzase de nuevo su destino”.

 

Como se observa, lo que hizo el anciano gobernante fue designar como su sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón, instaurando de nuevo la monarquía, pero no como antecedente de la que había dejado de reinar en 1931, sino de la continuación del movimiento franquista, por lo que, a la muerte de Franco, el designado sucesor asumió las funciones de Jefe de Estado en 1975.

 

Pero, sorpresivamente, Juan Carlos, en lugar de aferrarse a los principios del franquismo que había jurado –“Usted fue, simultáneamente, el peor error de Franco y el mejor acierto de la España moderna”, Laureano Márquez dixit-, colaboró en el proceso de transición que había iniciado Adolfo Suárez hasta que en 1978, se promulgó la Constitución en la que, soberanamente, el pueblo español instauró la monarquía como forma de gobierno con el rey Juan Carlos I a la cabeza, dejando atrás los viejos y oscuros tiempos absolutistas de los Reyes Católicos, las casas de Austria y de Borbón, y del autoritarismo franquista, para dar los pasos adecuados que convirtieron a España en una nación democrática, moderna, acorde a las innovadoras corrientes que daban pasos hacia la Unión Europea.

 

En cuanto a Iberoamérica, Juan Carlos I, o simplemente el rey, volteó la mirada hacia el continente americano con voluntad de mantener los vínculos históricos con sus antiguas provincias, con la celebración del V Centenario del descubrimiento de América, y la instauración de las Cumbres Iberoamericanas para realzar los valores que nos unen por siglos y que, a la vez, mostraron al resto de la Unión Europea que España no estaba sola en el viejo continente sino que tenía presencia en las Américas. Famosa es la anécdota cuando, mostrando su lado humano al apartar su sobria y objetiva figuración, abrió la boca para preguntar su “por qué no te callas”, al ex Presidente Hugo Chávez.

 

En cuanto a la democracia, el rey siempre demostró su apoyo a los gobiernos legítimos, con lo cual contribuyó a que las dictaduras que se mantenían en los distintos países americanos fueran debilitándose para dar paso a gobiernos respetuosos de los derechos humanos.

 

Abandonar la corona mediante la abdicación no sería una decisión fácil, no solamente por lo que significa para pasar a engrosar las filas de los “jarrones chinos” sino cuando la institución monárquica está siendo atacada desde distintos flancos. Por un lado, las cuestionadas conductas de personajes de la familia real, incluido el mismo rey con su safari, y el procesamiento de un yerno por corrupción; y por otro lado, la necesidad de remozar la monarquía para adaptarla a los tiempos que corren; y es allí donde, precisamente, se vuelve a remarcar la grandeza del rey al dejar el trono a quien corresponde, el Príncipe Felipe de Asturias, porque sabe que su hijo cuenta con la capacidad de afrontar el reto y la relegitimación de la monarquía como institución del marco constitucional español.

 

Quélección la del rey para tanto gobernante republicano. Como finalizó Laureano su famosa carta:

 

Nosotros al independizarnos cambiamos la monarquía por una caterva de reyecitos que nunca han sido constitucionales. Se quedaron en la monarquía absoluta y creen que su poder está fundado en el derecho divino, pero no de Dios, sino de lo divino que es permanecer en el gobierno, más como caporales que como estadistas”.

 

El remedio resultó peor que la enfermedad

La democracia ha sido definida de distintas maneras pero una de las más sencillas es que se trata de una forma de gobierno -sea republicana o monárquica- en la que el poder es ejercido por el pueblo, mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas. 

El máximo representante del pueblo en una democracia es quien ejerce el Poder Ejecutivo, es decir, el Presidente del gobierno, sea en el sistema republicano o monárquico; y existen otros cargos ejecutivos de rango regional o local, y cargos legislativos, para los cuales democráticamente se seleccionan candidatos mediante el voto; y, asimismo, el Poder Judicial integra la trilogía de poderes que caracteriza al sistema democrático y a los que se conoce como los Poderes Públicos.

Parte fundamental del juego de la democracia son los partidos políticos, esas entidades instituidas para contribuir a la determinación de la política nacional y a la formación y orientación de la voluntad de los ciudadanos, así como a promover su participación en las instituciones estatales mediante la formulación de programas, la presentación y apoyo de candidatos en las elecciones, y la realización de cualquier otra actividad necesaria para el cumplimiento de sus fines. 

Pero la democracia, como sistema, siempre ha sido objetivo de los anti demócratas que persiguen su destrucción para lo cual se valen de cualquier medio incluso la fuerza y utilizan determinados argumentos, como la pérdida de la institucionalidad, es decir, que las instituciones, incluyendo a los partidos políticos, están desfasadas y no se ajustan a los tiempos modernos y, además, son cuerpos corroídos por la corrupción administrativa.

No cabe duda de que en las instituciones, integradas por seres humanos, se den tanto el desfase como la corrupción, pero siendo la democracia un cuerpo social, tiene la capacidad de autocomposición y readaptación para que continúe perpetuándose como la mejor forma de gobierno. Por ello, es necesario reforzar la democracia y, al efecto, las instituciones y los partidos políticos tienen que comprender el papel que les corresponde, aplicando los correctivos que el propio marco constitucional les ha dado, y enderezar los entuertos que pueden ser muchos, sin caer en trampas ni en promesas de falsos profetas o de iluminados.

Para ello, deben las instituciones remozarse democráticamente aceptando e imponiendo los cambios necesarios para la subsistencia del sistema y, por otro lado, enfatizar en la transparencia administrativa sin privilegios ni preferencias, haciendo que los culpables resulten sancionados.

En el pasado, algunas sociedades cayeron en la celada: Ciertamente, sus gobiernos democráticos estaban penetrados por la ineficiencia y la corrupción, lo que no era admitido por las instituciones, pese a ser vox populi; y los ciudadanos, en lugar de presionar para fortalecer a la democracia, optaron por escuchar cantos de sirena: El remedio resultó peor que la enfermedad.

Dialogar, ¿Para Qué?

 
Se cuenta que en una oportunidad informaron a Lenin acerca de la detención y posible enjuiciamiento de unos propietarios de minas que habían iniciado una huelga. El tirano respondió que los fusilaran inmediatamente porque ellos (los revolucionarios) no estaban luchando por la justicia, sino por la revolución y su interés residía en eliminar a los enemigos, sostenedores de unas instituciones caducas. 
 
El Partido Comunista de China llegó a plantearse la necesidad de negociar la paz y hasta de hacer las concesiones que se le impusieran pero si luego el Kuomintang desataba la guerra civil, el Partido quedaría justificado para librar una guerra en defensa propia, ateniéndose rigurosamente a los siguientes principios: unidad y lucha, unidad mediante la lucha; luchar con razón, con ventaja y sin sobrepasarse; utilizar las contradicciones, conquistar a la mayoría, combatir a la minoría y aplastar a los enemigos uno por uno.
 
El “carnicero de Cabañas”, Ernesto Guevara, por su parte, fue implacable en la aplicación de estos principios y de allí el mote que aún le persigue después de su muerte como ejemplo del sadismo y sicopatía conque trató a innumerables víctimas que hizo fusilar sin fórmula de juicio.
 
Si estos son los principios que sobre negociación tienen los revolucionarios, no entiende este escribidor cuál es el sentido de “dialogar” con ellos si al fin de cuentas su objetivo es destruir a sus adversarios.
 
¿Será que lo único que queda es, en la medida de lo posible, el juego democrático?

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