Encuentro con el Presidente Hugo Rafael Chávez Frías

 
Corría el año 1999 y el entonces Presidente de FEDEINDUSTRIA, Henry Gómez Alberti, solicitó que le diera sugerencias acerca de aspectos instituciones que deberían mejorarse dentro del marco general regulatorio que se pretendía innovar a través de la Asamblea Nacional Constituyente que elaboraría la Constitución de 1999.
 
Recibido por Henry el material solicitado, básicamente relacionado con el sistema de justicia y algunos aspectos constitucionales como la desobediencia civil y la objeción de conciencia, me solicitó que le acompañara al Palacio de Miraflores pues habría una mesa redonda del Presidente de la República con distintos actores sociales, oportunidad en que cada uno de los asistentes podrían formular preguntas al Jefe de Estado.
 
El día previsto, puntualmente hice acto de presencia en el Palacio de Misia Jacinta y allí en efecto encontré a importantes empresarios y banqueros que habían sido convocados al evento; y luego fuimos conducidos a uno de los salones a esperar la llegada del Presidente Chávez.
 
Cuando éste hizo acto de presencia, saludo afablemente a todos los presentes y, con algunos de ellos que conocía, compartió efusivos abrazos, hizo chanzas y les hizo referencia a simpáticos ágapes donde habían coincidido durante la campaña electoral de 1998.
 
Una vez que nos acomodamos ante el gran mesón, cada uno fue formulando una pregunta, que una vez que el Presidente agrupaba mentalmente, daba respuesta exponiendo su punto de vista sobre lo que se le interrogaba, al tiempo que, como un prestidigitador, daba vida a un portalápices que vaciaba sobre la mesa que luego iba reponiendo y así sucesivamente, mientras que los oyentes mirábamos cortésmente sus movimientos, al punto de hipnosis.
 
Cerrada la rueda, el Presidente quedó en el salón estrechando caballerosamente la mano a los invitados y, al momento de mi turno, hubo el siguiente diálogo:
 
– Presidente, le envió saludos XMR.
 
– Ah, tu eres de ABCD?
 
– Sí, Presidente.
 
– Dale mis saludos a todos por allá.
 
– Con gusto les daré sus recuerdos.
 
Me quedé perplejo pues, con toda seguridad, él no había retenido los nombres de los asistentes que le eran desconocidos, pero al hacerle la referencia a XMR, a quien conocía de sobra, tuvo una asombrosa agilidad mental para recordar que esa persona integraba esa organización de abogados (cuyas siglas han sido modificadas para respetar los derechos inmateriales).
 
Fue la única vez que, en sus 14 años de mandato, vi en persona al Presidente Chávez y pienso que jamás se enteró de quién era su interlocutor en ese diálogo…aunque Henry me decía lo contrario.

Mellior pater familiae y bonus pater familiae

 
En tiempos de Roma, para determinar el grado de diligencia que el deudor debía poner en el cumplimiento de la obligación se comparaba la conducta que aquél debía desarrollar al momento de la ejecución de la obligación con la conducta que hubiese desplegado un personaje imaginario, es decir con un sujeto ideal colocado en las mismas circunstancias externas de dicho deudor.
 
Esa persona era el padre de familia y constituía el punto de referencia necesario para estimar y valorar la conducta del deudor. Cuando se deseaba que el deudor desarrollara en el cumplimiento una conducta extraordinaria, una gran habilidad, un extremo cuidado, se exigía que su conducta o actividad fuese igual a la actividad que desarrolle un hombre muy cuidadoso, muy diligente, habilísimo; y ese hombre ideal era el mellior pater familiae (mejor padre de familia), y si la conducta del deudor era inferior a la del mejor padre de familia, entonces el cumplimiento se calificaba como defectuoso o incorrecto y el deudor respondía por esa culpa.
 
Cuando se le exigía al deudor una diligencia y habilidad normal en el cumplimiento, se requería que desarrollase la actividad o conducta de una persona ordinariamente cuidadosa y normalmente sensata; persona que estaba representada por el bonus pater familiae (buen padre de familia).
 
Estas dos condiciones siguen vigentes hoy en día a pesar de contar con más de 2.000 años de existencia, y son tomadas en cuenta en el derecho particularmente en lo que respecta a la conducta de un deudor frente a su acreedor; y, también, son muy importantes en tiempos de crisis, cuando por razones financieras de un estado, suceden eventos que afectan el patrimonio familiar como consecuencia de la devaluación monetaria y la inflación que ocasionan que, día a día, el poder adquisitivo de la moneda vaya menguando.
 
En esos críticos momentos, el padre de familia, o quien deba comportarse como tal, está en la obligación de proteger su capital con la mayor diligencia, en cuyo caso debería actuar como el mellior pater familiae si las circunstancias así lo exigen; o adoptando una conducta cuidadosa y sensata como el bonus pater familiae, si aún fuere posible prever fórmulas de transición a corto plazo.
 
Cruel y embarazoso el papel del pater familiae, sea mellior o bonus.

Transparencia y «Tramparencia»

 
El adjetivo transparente, derivado del latín trans- y parens, -entis, tiene varias acepciones en la lengua castellana: dicho de un cuerpo a través del cual pueden verse los objetos claramente; o que se deja adivinar o vislumbrar sin declararse o manifestarse; o que se trata de algo claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad.
 
Se dice, además, que hay transparencia -que es la cualidad de transparente- cuando una persona tiene una conducta ajustada a sus principios y no caben dudas sobre su honorabilidad. En ese caso, se dice que hay transparencia en sus actos, o que es transparente al actuar.
 
Como ejemplo del uso del adjetivo, cabe mencionar las contrataciones públicas, para lo que se crean reglamentos y normas destinadas a garantizar la transparencia; y las contiendas electorales, a las que se les establecen procesos destinados a que el resultado electoral sea incuestionable. También hay transparencia cuando el ciudadano tiene el libre acceso a la información sobre hechos y circunstancias de interés general, sin que se le pongan barreras para conocer la verdad, ni se tergiversen los hechos; o cuando el ciudadano tiene libre acceso a la tutela judicial efectiva.
 
En contraste con la transparencia existe la tramparencia, término que, según Alexis Márquez Rodríguez (Con la lengua. Disponible en: http://elinformador.com.ve/nueva/xxprint.php?ArtID=25986) es un disparate, un feo error de dicción, aún más feo en boca de un funcionario o persona supuestamente culta, y peor si presume de ello. El escritor se refería a un antiguo Presidente del CNE convertido luego en magistrado del TSJ.
 
En el sistema de justicia se presenta la tramparencia judicial cuando se limita al ciudadano el derecho a tutela judicial efectiva, o se le mantiene detenido arbitrariamente, o cuando indignos jueces que carecen de independencia le violan sus derechos humanos.
 
También existe tramparencia legislativa cuando se modifican las leyes para criminalizar cualquier acto normal que el grupo que detente el poder considere que es lesivo a sus intereses, facilitando que los disidentes sean imputados y enjuiciados.
 
En fin, hay transparencia cuando hay claridad y tramparencia cuando opacidad.

Estamos recuperando el Guaire, los invito a bañarnos en el Guaire pronto

 
Así se informó con bombos y platillos a los venezolanos en el 2005, que el curso fluvial cargado de aguas servidas que atraviesa la capital sería sometido a un rescate para convertirlo en un balneario para los caraqueños.
 
Esa oferta por supuesto no se ha cumplido y el Guaire sigue tan maloliente como de costumbre y causando estragos en las temporadas de lluvias que anualmente se descargan sobre Caracas.
 
No se trata de criticar a un gobernante por no haber recuperado el río, sino la conducta de cualquiera a quien se le han confiado los destinos de una nación que, por alguna inexplicable razón, salta a la palestra ofreciendo villas y castillos, a conciencia de que no podrá cumplir con sus ofertas o que éstas son de difícil cumplimiento, como aquella cuyo contenido, si bien sonaba como música celestial en los oídos de los pacientes ciudadanos, sigue incumplida desde hace 30 años: Un puente que uniría la península de Paria con la isla de Margarita.
 
Y si echar la vista atrás se trata, ¡recuérdense las 100 mil casas por año! O aquella sobredimensionada promesa de acabar con la corrupción!
 
El primer presidente de la era democrática iniciada en 1959 fue muy claro en sus ofertas. Le exigieron el puente sobre el Lago de Maracaibo y en 3 años lo puso en servicio.
 
Pareciera más sano para todos que las ofertas y promesas crearan menos expectativas y que fueran de más hacedero cumplimiento.

Negligencia profesional como eximente de responsabilidad

 
Informan los medios de comunicación que, recientemente, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictó una sentencia aplazando la ejecución de un preso que se iba a llevar a cabo el pasado 27 de febrero de 2013 en el estado de Florida, porque su abogado se olvidó de presentar un recurso dentro del plazo legal correspondiente.
 
Salta a la vista que, en un proceso judicial, el abogado debe actuar como lo ordena su código de ética que, sin lugar a dudas, contiene una clara instrucción sobre la diligencia con la que debe comportarse en defensa de los derechos que se le han confiado. Es más, antes que cualquier código lo imponga, el abogado debe actuar conforme a sus valores y su conciencia.
 
Ahora bien, si sucediera una situación como la del infeliz condenado a muerte que acaba de lograr extender su estadía en una prisión de máxima seguridad, cabe preguntarse si, al haber faltado el abogado defensor a su deber de diligencia, la suprema autoridad judicial del Norte hizo justicia al suspender la ejecución de la condena.
 
La respuesta afirmativa se impone: la justicia estadounidense actuó conforme a derecho porque el procesado se encontraba a horas de ir a rendir cuentas ante el tribunal celestial por una causa que no le era imputable: la negligencia de su abogado defensor.
 
Todos los jueces deberían conocer de esta sentencia. Se haría mucha justicia en el mundo. 

La ecuación de Marx y el ser humano

Se presume que Karl Marx, para exponer sus teorías, tuvo que meditar mucho al respecto e investigar y estudiar en la economía y en la filosofía y, quizás, con todo ese caudal de estudios y conocimientos adquiridos, desarrolló una ecuación que le permitiera gráficamente resumir su largo y tedioso Das Kapital.
 
Seguramente que si lector, con la paciencia que amerita, logra desarrollar esa ecuación sobre un pizarrón, verá que el enjundioso filósofo, intelectual y militante comunista omitió un factor: el ser humano.
 
Y es que si toma una tiza y le agrega a la ecuación el ser humano, inmediatamente verá que deja de funcionar porque, simplemente, el ser humano nace libre y, a lo largo de su vida, va desarrollando virtudes y defectos, adquiriendo valores -o desechándolos, como muchos-, siendo uno de ellos el más primario: el sentido del derecho de propiedad, manifestado desde la más tierna infancia.
 
Ahí dejó de funcionar la ecuación marxista. Por supuesto, hay ingenuos que, a pie juntillas, creen lo contrario por lo que no vale la pena discutirles porque los inteligentes de ellos, al “pasarles el sarampión” y dejar de creer en pajaritos con batas de maternidad, admiten con desencanto la inutilidad de la ecuación.
 
Tinta y tiza perdidas.

Comisión de la Verdad

 
Comisiones de la verdad se han creado en distintos lugares y en variadas fechas. Algunas como, por ejemplo, la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación o Comisión Retting, establecida en Chile para esclarecer la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos entre 1973 y 1990; o la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) designada en el Perú para elaborar un informe sobre la violencia armada entre 1980 y 2000.
 
Esas comisiones, con sus trabajos fecundos, han facilitado que en los mencionados países se hayan dado pasos significativos en pro de la convivencia y armonía sociales, luego de difíciles momentos en que la paz interna había sido alterada en ellos; por eso. parece muy importante que, en febrero de 2013, se haya constituido una Comisión de la Verdad para investigar la persecución política en Venezuela entre 1958 y 1998, o sea, los 40 años de democracia representativa y determinar que, en ese período, hubo asesinatos y persecución por motivos políticos.
 
Esa comisión venezolana va a tener un arduo trabajo porque a la par que intentará determinar los injustificables homicidios de dirigentes políticos como Alberto Lovera, Jorge Rodríguez y otros tantos fallecidos bajo responsabilidad de los cuerpos de seguridad del Estado, tendrá que avocarse a conocer casos tan emblemáticos que quedaron en la impunidad, o durmiendo el sueño de los justos en algunos archivos judiciales, como los asesinatos de policías en Caracas -un policía por día, era la consigna- y los caídos en cuatro fatídicos sucesos de triste recordación: El Barcelonazo, El Porteñazo, el Carupanazo y el Tren del Encanto, todos ellos en el curso del período constitucional 1959-1964.
 
Evidentemente, los asesinatos del “Caracazo” de 1989 de igual forma deberían tener cabida en la investigación puesto que, hasta el presente, las pesquisas han sido nulas, salvo la justa y razonable condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
 
Bienvenida la Comisión de la Verdad a Venezuela. Sería deseable también que iniciara las investigaciones para establecer las responsabilidades por las víctimas de los fallidos intentos de golpe de estado del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, en el período constitucional 1989-1994.
 
Así volverá la tranquilidad a la patria de Bolívar, aún alterada por desconocer a los autores de esos delitos contra los derechos humanos en la era democrática, aunque es de presumir que muchos de ellos ya recibieron su veredicto del Tribunal de San Pedro.
 

Felicitaciones a los padres de la Comisión. 

La adulancia y el culto a la personalidad

 
La adulancia, entendida como la práctica de loar con exceso e indignidad a una persona que tenga poder, con el fin de obtener a cambio determinados beneficios, es algo que es común en todas partes; y en los sistemas políticos, particularmente en aquellos con rasgos autoritarios, el Jefe del Estado es objeto de toda clase de colosales enaltecimientos, con lo que la adulancia se trastoca en culto a la personalidad, concepto que nació bajo la influencia de que Nikita Jrushchov cuando el año 1956 denunció ante el 20º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética al desmontar el mito que durante más de 20 años se había formado alrededor de José Stalin.
 
En las dictaduras comunistas y en las de extrema derecha la adulancia y el culto a la personalidad han sido prácticas muy frecuentes. En la soviética, Jrushchov, militante y copartidario de Stalin listó en su célebre discurso los hechos constitutivos del culto, tales como la exagerada devoción hacia éste, la persecución de quienes criticaban a Stalin, así como la presencia exagerada de imágenes, fotografías, slogans en sitios públicos.
 
Como ejemplo de adulancia y culto a la personalidad, en España, al generalísimo Francisco Franco y Bahamonde se le conocía como “Caudillo de España por la gracia de Dios”, su perfil estaba en la moneda, presidía las paradas desde el Balcón del Rey del Palacio Real y a su sepelio concurrieron al Valle de los Caídos más de 100 mil personas, en 1975.
 
A casi 40 años de su entrada en la inmortalidad, Franco es visto como lo que realmente fue como gobernante, un dictador megalomaníaco que hacía uso de la violencia para mantenerse en el poder. Hoy, no hay monedas y sus estatuas fueron retiradas de las plazas de las ciudades españolas.
 
En la historia republicana de Venezuela, Pedro María Morantes, conocido como Pío Gil, en distintas obras de claro corte panfletario, se burlaba de las adulancias que se hacían al general Cipriano Castro durante su mandato gubernamental hasta que éste se embarcó en el “Guadaloupe” para nunca más volver a pisar el territorio nacional porque su compadre, el general Juan Vicente Gómez, se apropió del mando que aquél le había confiado temporalmente. En ese momento, dejó de ser «El Restaurador«, «El Genio«, «El Invicto«, por solamente citar algunos de los apelativos con que se le distinguía.
 
Cuando subió al vapor, «El Cabito«, como también lo conocían sus detractores, aparte de otros apodos como el «Capitán Tricófero«, el «Mono en su cuerito«, todo el encanto desapareció. La Corte Federal autorizó su enjuiciamiento por un homicidio no aclarado, se le comenzó una persecución por toda Europa y, luego, en Estados Unidos resultó encarcelado siendo la mofa de la prensa de la época, hasta recalar en Puerto Rico, donde murió cansado de tanta persecución en 1924, mirando a la tierra que le vio nacer, bajo la bota de su compadre.
 
No obstante, por ignorancia de la historia, en 2003 los restos de ese detestable personaje fueron depositados en el Panteón Nacional!.
 
Gómez, hombre zamarro y discreto, no escapó a la adulancia y, durante los largos 27 años de su gobierno, fue conocido como “El Benemérito” y otros pomposos calificativos, al grito del ingenioso lema de “Viva Gómez y adelante”; y a su muerte, el diario El Universal, en su edición del 18 de diciembre de 1935, lo calificaba como “Magistrado Supremo de la República”, agregando que ese acontecimiento constituía “..horas de duelo para la Patria venezolana, que se pone de pie para dar la despedida al varón que se destacó con lineamientos inequívocos en la etapa de su actuación como el primero de sus hijos y como la alta y firme garantía de sus aspiraciones de orden, paz y trabajo”.
 
Agregaba el prestigioso rotativo que “…un solo hecho de honda significación en el orden del espíritu bastaría para asegurarse la gratitud de los venezolanos: el de destacarse como acreedor al título de Pacificador de la Patria, Fundador de la Paz…”.
 
Finalizaba así el Universal:
 
La vida del varón benemérito que acaba de morir constituye un ejemplo y un legado de valor inapreciable: El mismo llegó a pensar de sí que no era sino un instrumento de la Providencia, a pesar de que siempre tuvo la conciencia de su energía y del rumbo por el que la había orientado. De permanente acción fue su vida en las etapas heroicas; y en la trayectoria se compenetró con el país y sus hombres, y por ello les pudo señalar los derroteros a seguirse y, más tarde, pudo llevar a cabo su perdurable obra política y administrativa, conjunto de realizaciones de imponente amplitud. Y así aparece con caracteres indelebles, en la vida nacional, en su triple significación: Gómez luchador, Gómez orientador, Gómez constructor”.
 
Por supuesto, al hacerse público el deceso del general Gómez, sus bienes fueron objeto de confiscación, exilados sus herederos y, restaurada la libertad de prensa, se comenzó a revelar la verdad acerca de la realidad de esa larga y cruel autocracia y los esplendorosos títulos que se le endilgaban quedaron relegados a los textos de historia.
 
El general Marcos Pérez Jiménez igualmente fue objeto de glorificación, e incluso, alguien, para superar a otros adulantes, compuso una burlesca canción cuya letra comenzaba así: “Coronel Marcos Pérez Jiménez, Presidente Constitucional elegido por el pueblo con orgullo nacional…Venezuela te quiere bastante y te aclama con alegría …”. Se le mentaba “Patriota”, “Progresista”.
 
Al inicio de su mandato, algunos de sus seguidores le confeccionaron la doctrina del Nuevo Ideal Nacional, entendida como el común denominador espiritual de los venezolanos para el engrandecimiento de la Patria y, bajo este concepto, desarrolló una política signada por la euforia de las construcciones civiles y la devoción por el hormigón armado, las superautopistas, y los atrevimientos técnicos de la arquitectura local y la ingeniería constructiva norteamericana, amén de la política de concesiones petroleras en favor de empresas transnacionales, lo que le generó importantes ingresos petroleros. Su eficacia gubernamental, pese a la violación de los derechos humanos, fue premiada por los Estados Unidos, quien le confirió en 1954 la orden “Legion of Merit”, que sólo es otorgada a personalidades extranjeras.
 
Pero el 23 de enero de 1958, el dictador huía del país en la “Vaca sagrada” a un corto exilio dorado para luego regresar, extraditado, a enfrentarse a la justicia, cumpliendo una condena de 4 años por peculado y malversación de fondos públicos, que cumplió en la Penitenciaría General de Venezuela, para luego proponerse como Senador de la República, siendo anulado su nombramiento por una enmienda constitucional de dudosa legalidad para terminar residenciándose en Madrid pero, a diferencia del Cabito, con todo los lujos, hasta recibir cristiana sepultura en 2001; y, al igual que sus predecesores Castro y Gómez, ha recibido el juicio de la historia a la cual había entrado al participar con un grupo de civiles y militares en el derrocamiento del Presidente Isaías Medina Angarita, un 18 de octubre de 1945.
 
En los tiempos que corren, y con motivo del reciente fallecimiento del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías se ha observado una delirante carrera para ver cuál de sus seguidores inmediatos alcanza el primer lugar en loas post mortem al finado personaje; y así, dando resonancia gutural a la voz, algunos decían ante el sobrio catafalco en el solemne Salón de la Academia Militar: “usted es mi padre”, mientras otros con palabras entrecortadas expresaban a través de los medios que cada venezolano debía considerarse un Chávez, ser igual, no imitarlo; y otros con lágrimas en los ojos llegaron a decir que “lo aman”, sin que les quedara nada por dentro ni sintieran que se estaban exponiendo al ridículo. El “héroe de la Patria”, el “Padre de la Revolución Bolivariana”, por añadir sólo dos calificativos. “Honor y gloria al comandante!”, el último baladro de despedida. “Solo juntos somos Chávez, solo juntos podemos garantizar el futuro de esta patria”, llamado a la unidad de los seguidores del extinto.
 
Cualquiera tiene el derecho de admirar a otro ser humano y aplicarle el título que mejor considere como los que se han mencionado, de acuerdo al grado de pasión o afecto que se le profese, pero cuando de manera voluntaria o intencional se magnifican, incluso al punto de considerar al objeto de su veneración como una deidad con su consiguiente misticismo, simplemente se incurre en adulancia que, cuando no tiene límites, es una clara demostración de la carencia de sólidos valores.
 
Pero donde la adulancia se pone de bulto de manera grosera y ofensiva contra el difunto Presidente, sus familiares, seguidores y copartidarios para trastocarse en un culto a la personalidad es con la osada disposición de embalsamar su cadáver para exponerlo al público. Pareciera, a primera vista, que es simplemente una decisión tomada como parte de un ejercicio electorero, no electoral, para hacer permanente la presencia física del Presidente Chávez desde el más allá: “Te fuiste, pero estás acá y tú y yo somos iguales”; pero en la realidad pareciera más bien el cumplimiento de “…la mala costumbre de conservar cadáveres para ser adorados por la muchedumbre”, como dice el laureado Gabo en “El destino de los embalsamados”, a la par que afirma que “….es difícil encontrar una justificación doctrinaria para la costumbre creciente de los regímenes comunistas, que parecen confundir el culto de los héroes con el culto de sus momias” (http://prodavinci.com/blogs/el-destino-de-los-embalsamados-por-gabriel-garcia-marquez/).
 
El Presidente Chávez dio el paso a la eternidad el 5 de marzo de 2013. Para juzgar su actuación con objetividad, falta la reflexión de la historia, de la que él forma parte desde el momento en que salió a la luz pública a la cabeza del fallido golpe de estado del 4 de febrero de 1992 contra un gobierno constitucional. Cualquier comentario que se emita hoy estará bajo el influjo de las emociones y, por tanto, parcializado.
 
La historia y la literatura, sin prisa y con objetiva prudencia, se encargan de desmontar la adulancia y el culto a la personalidad, y de despabilar la corta memoria de los pueblos. Por cierto, recomiendo tres lecturas: «Los Felicitadores«, de Pío Gil; e «Idolos rotos», de Manuel Díaz Rodríguez, ambos venezolanos de principios del s. XX, y «El destino de los embalsamados«, de Gabriel García Márquez.

 

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