La inquisición está viva

En los últimos años, las investigaciones han conducido a  execrar a la Inquisición como la representación de una etapa de persecución y odio por razones religiosas, raciales y de cualquier otro tipo, al punto que la Santa Iglesia Católica en repetidas oportunidades ha llegado a pedir perdón a la humanidad por los excesos cometidos durante siglos.

Y realmente, aparte del contenido de humildad del acto puesto en escena por el propio Sumo Pontífice ante los ojos del mundo, ello constituye una prueba evidente del reconocimiento de los excesos cometidos por quienes, a lo largo de los siglos, dirigieron la tenebrosa institución que, de solo mencionarla, ocasionaba pánico.

Ello se debía básicamente a la práctica lo que hoy en día se conoce como  fundamentalismo porque su objetivo era imponer a la fuerza la religión católica, para lo cual la Inquisición se valía de distintos medios a través del proceso inquisitorial, que consistía en la aplicación del principio inquisitivo o de oficio, con la salvedad de que el propio tribunal de la Inquisición así como dictaba la sentencia, era parte interesada en el proceso, con lo cual no existía la imparcialidad. 

Las penas que imponía la Inquisición eran de todo tipo y su grado iba desde la condena a vestir un sambenito (una prenda utilizada para humillar a los condenados por delitos  religiosos) hasta la muerte, previa la aplicación de horribles torturasa los procesados, persecuciones, espionaje, confiscación de bienes, prohibición del derecho al trabajo de los sospechosos y hasta el exilio.  En ciudades como México, Lima y Cartagena existen museos de la Inquisición donde se exhiben las herramientas de suplicio que eran empleadas.

Esta Institución, nacida en los primeros años de la Edad Media, se desarrolló a lo largo de Europa y en distintos países, destacándose fundamentalmente la Inquisición española, de donde pasó a las provincias de Ultramar de este lado del Atlántico hasta que la efímera Constitución de Cádiz, de 1812, la abolió.

Pareciera que ese acto de los constituyentes gaditanos fue el punto final de la Inquisición, pero no ha sido así en realidad, sino lo que desapareció fue la Institución como órgano de la Iglesia Católica, pero sus principios y prácticas han subsistido en función de otros intereses:  la política y el pensamiento único. Véanse dos casos del siglo XX.

En la Rusia soviética del temible Iósif Stalin, millones de personas fueron enviadas a campos de trabajo penales y otras también por millones deportadas y exiliadas a zonas remotas, como Siberia. En 1937, una campaña contra supuestos enemigos del estalinismo culminó en la Gran Purga, un período de represión masiva en el que millones de personas fueron ejecutadas, incluso oficiales de alta jerarquía por participar en imaginarios e inventados complots para derrocar al gobierno soviético.

En la Alemania nazi, la política implantada por Hitler no fue más que una reiteración de procedimientos inquisitoriales con el objetivo de salvar a la raza aria; pero así como los herejes terminaban en las hogueras, los judíos, gitanos y homosexuales eran enviados a los campos de concentración y a los hornos crematorios.

En los Estados Unidos de América, entre 1950 y 1956  tuvo vigencia el macartismo, un movimiento que alimentaba acusaciones (generalmente oportunistas, pero siempre falsas) de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a un proceso legal.

El fundador de este movimiento fue Joseph McCarthy quien, en su condición de senador desencadenó un extendido plan de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas.

En la América Hispana la inquisición como modelo de persecución y castigo ha estado presente en todos los tiempos de autocracias que han doblegado los derechos humanos y las libertades. Hasta la que en algún momento fuera la “Suiza de América” -Uruguay- tuvo su época de terror dirigida por los tradicionales gorilas uniformados.

Como se observa, la Inquisición pudo haber desaparecido como el tribunal inquisitorial que aterrorizaba desde la Iglesia Católica; pero aún persiste, lo que permite afirmar: “La historia se repite pero sus autores son otros”.

Aquellos polvos trajeron estos lodos

 
No se trata de una referencia al atroz suceso que afectó al Estado Vargas en 1999 cuando, bajo la mirada impávida de los gobernantes de turno, se produjo el gran deslave que aún mantiene abiertas las heridas que ocasionó en su despeñadero por el Avila para adentrarse en el mar Caribe.
 
Se trata del viejo refrán castellano que se utiliza coloquialmente cuando alguien quiere afirmar que los efectos negativos de algo han tenido una causa previa; y viene a colación porque hay circunstancias en la vida que se presentan como hechos sorpresivos e inexplicables. En efecto, un despiadado asesino puede ser producto del maltrato que le procuraran sus padres, o el abandono que de él hicieron, o por otras causas que le llevaron a convertirse en criminal.
 
Igual sucede en otros aspectos de la vida real, como, por ejemplo, el caso de la decadencia de las instituciones. Un país, abandonado a su suerte por las malas políticas aplicadas por sus gobernantes, será cómoda víctima de un prestidigitador quien, rodeado de aves de rapiña, ahondará aún más las desgracias de sus habitantes porque les venderá ilusiones y falsas promesas que jamás permitirán recuperar la grandeza ida.
 
Entonces se dirá con acierto: De aquellos polvos, se derivan estos lodos.
 

Pueblo vs. Pueblo

 

El principio general en toda sociedad civilizada radica en que todo ciudadano tiene el derecho de pensar como más lo convenga, respetando el derecho ajeno; y la forma de expresarlo es mediante la comunicación de las ideas, lo que puede hacerse privada o públicamente.

 

Privada, en recintos limitados a determinado número de personas, o pública, a través de la comunicación por los medios o por concentraciones a las que puedan acceder cuantas personas lo deseen.

 

Hay circunstancias en las cuales gobernantes intolerantes y autocráticos no gustan de las expresiones emitidas por grupos opositores pero, compelidos por la tragedia de exponer las costuras de su ropaje, acuden al viejo expediente goebbeliano de “tirar la piedra y esconder la mano” y, para ello, en lugar de mantenerse fuera o asumir de frente la represión, alientan a sus seguidores para que, aparentando trifulcas callejeras, agredan físicamente a quienes piensan distintos y lo expresan públicamente.

 

Generalmente, en esos casos la fuerza bruta prevalece; pero las consecuencias, como apunta la historia por hechos acaecidos desde que el mundo es mundo, han terminado en trágicos y sangrientos escenarios bélicos.

 

Craso error el de enfrentar pueblo contra pueblo para dilucidar diferencias.

 

Brasil

 

Quienes lo ignoran, deben enterarse de que el gigante suramericano nació como un imperio, fundado por la Casa de Braganza que, incluso, pasó de ser colonia a metrópolis cuando hizo que Portugal, su madre patria, fuera gobernada desde Río do Janeiro; y quienes ejercieron el poder durante gran parte del siglo XIX fueron emperadores, título que, como su nombre indica, se le daba a ciertos soberanos que tenían por vasallos a otros reyes o grandes príncipes.

 

El primer emperador fue Pedro I, quien asumió el poder en 1822, dotando a su país en 1824 de la primera constitución, a través de la cual consolidó la independencia de Portugal; y en 1833 renunció a la corona imperial en favor de su hijo Pedro II, marchándose a Portugal para derrotar a su hermano Miguel que había usurpado el trono de María II, gobernando en el país lusitano hasta su muerte.

 

Pedro II, apodado El Magnánimo, gobernó 58 años, transformó al Brasil en una potencia emergente a nivel internacional, debido a la estabilidad política, la libertad de expresión y el apego a la constitucionalidad, manteniendo una democracia parlamentaria, lo que permitía distinguir a su país de los díscolos vecinos hispanoamericanos, sumidos en “guerritas” y revoluciones de “quítate tú para ponerme yo”.

 

No obstante, en 1889 un sorpresivo golpe de estado provocado por los militares con el apoyo de importantes intereses económicos, dio al traste con el imperio, marchándose Pedro II al exilio para establecerse modestamente en París, recibiendo honores de Jefe de Estado al momento de su sepelio.

 

Los gobiernos posteriores, entre golpes de estado y dictaduras, mantuvieron siempre esa visión imperial que va inmersa en el modo en que Brasil maneja hoy en día una sólida democracia representativa en la cual los sueños de Pedro I y Pedro II de Braganza están presentes, entre ellos la expansión territorial y el dominio de los países vecinos, todo ello calculado por los fríos y asépticos diplomáticos que rigen Itamaraty, opuestos, tradicionalmente, a esa política de “hermanitas de la caridad” que algunos vanamente esperan esa potencia emergente.

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