El Mujiquita

 
En la Venezuela rural de principios del s. XX y en su tránsito hacia la Venezuela petrolera regían los destinos del país los gobiernos más autocráticos de esa centuria, los de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, particularmente este último porque su ejercicio del poder tuvo una vigencia de 27 años, es decir, desde 1908 hasta 1935.
 
El general Gómez se rodeó de los mejores doctores para que le montaran el marco jurídico del país, dejando a su cargo la actividad política, que resolvía por las vías de hecho, ejecutadas por sus sicarios.
 
Para facilitar la labor gubernamental, los doctores elaboraron excelentes leyes, muchas de las cuales rigieron hasta bien consolidada la democracia representativa, como es el caso del Código de Procedimiento Civil de 1916, o la Ley de Armas y Explosivos, o la Ley de Inmigración. Se trataba de monumentos jurídicos.
 
Uno de esos textos legales contempló la figura del Jefe Civil, que era la primera autoridad del Municipio. Ese cargo era ejercido por un amigo de confianza, o un “coronel” de montoneras fiel al Jefe y, por tanto, persona de absoluta confianza y fidelidad hacia “El Benemérito”, quien se encargaba de las riñas callejeras, de mantener el orden público en su área de competencia, de arrestar a los “borrachitos” y, en general, las funciones menores, como las disputas entre vecinos.
 
Pero, como el Jefe Civil no era un funcionario especializado, se encontraba en situaciones en las que tenía que tomar alguna decisión sobre materias sobre las cuales no tenía conocimiento alguno, por lo que se veía obligado a recurrir a un tercero que le diera luces en el ejercicio de sus funciones.
 
Como es de suponer, abogados había pocos en la capital de la República, así que en el interior de la República era muy difícil conseguir a alguna persona con sólidos conocimientos de derecho -los que podían haber, emigraban a Caracas- pero, como en todo grupo social, siempre había alguien que tiene facilidad de palabra y de memoria, por lo que se le considera un “bachiller” y era ese el personaje que se convertía en el asesor del Jefe Civil en la resolución de controversias.
 
Don Rómulo Gallegos, en “Doña Bárbara”, captó el papel que cumplía el Mujiquita en la sociedad venezolana y lo describió como aquel personaje que manejaba las leyes y entendía la necesidad de aplicarlas. Pero todas sus energías se centraban en darle matiz legal a las decisiones de Ño Pernalete y maquillar todos los atropellos con frases edulcoradas con el falso sabor de la equidad. Ño Pernalete es en la novela un personaje que debe administrar justicia.
 
Pasaron los años, el general Gómez entregó su cuerpo a la tierra pero su estructura legal persistió por años y con, ellos, el Mujiquita, pero ya no en el papel de asesor de un Jefe Civil amigo de la causa del general, sino de un compañero de partido que, durante la democracia, cumplía las funciones de asesor del Jefe Civil; pero la figura del Mujiquita transcendió y generalizó de tal manera que la gente docta cuando se encontraba con un personaje que cumplía las funciones descritas por Gallegos, le aplicaba inmediatamente el mote de Mujiquita.
 
El Jefe Civil desapareció de las leyes venezolanas como figura administrativa, aunque podría considerarse como un antecedente del Juez de Paz, pero el Mujiquita le ha sobrevivido con creces por la utilidad que presta. Hay muchos mujiquitas en los tiempos que corren porque abundan caporales con poder que necesitan del auxilio de alguien que ellos, dentro de su escasa cultura, creen que tienen más luces. Por supuesto, como el maestro Gallegos los expuso a la opinión pública, los mujiquitas tratan de disimular su presencia, pero se les identifica fácilmente: Engolan la voz para expresar un aparente lenguaje académico que medianamente conocen, lleno de “latinazos” aprendidos de memoria y por tanto malas copias de los textos latinos originales, y manejan el lenguaje corporal, todo para intentar impresionar a una ingenua audiencia, además tratan de lucirse como personas de elevada cultura.
 
No debe olvidarse un detalle: Visten de negro para, en vano, opacar su obesa figura, aunque se han popularizado tanto que, independientemente de la indumentaria y de la circunferencia abdominal, deambulan por el mundo disfrazados de diplomáticos, algunos de ellos de refinados gustos.
 
Los mujiquitas se reproducen constantemente al punto que les han salido al paso las mujiquitas, de una alta peligrosidad que esconden bajo las faldas y que disimulan con dulcificadas palabras.

Cuando el ídolo cae en desgracia

Una de las mayores decepciones que debe sufrir quien ha ejercido el poder y, por circunstancias del destino, lo pierde, es observar el comportamiento humano que gira a su alrededor, donde ya no se le mira con el respeto que cree merecer.
 
Recuerdo una anécdota que relativa mi padre, José Gabriel Sarmiento Núñez, relativa al día en que en 1964, tomó posesión el Presidente Raúl Leoni.
 
Luego de los actos protocolares pertinentes, los invitados se trasladaron al Palacio de Miraflores, donde habría, a la usanza de la época, un brindis, antes que el Presidente saliente, Rómulo Betancourt dejara libre el Palacio de Misia Jacinta al Presidente Leoni.
 
Narraba mi padre que, al rato de haber comenzado el evento, observó que Betancourt se encontraba sentado alrededor de una mesa, acompañado de su hija Virginia, por lo que mi padre y el doctor José Manuel Padilla, a la sazón Presidente de la Corte Federal, se acercaron a acompañarles, al tiempo que se les unía el doctor Miguel Angel Burelli Rivas, siendo recibidos muy cordialmente por los primeros.
 
Entretanto, el resto de los invitados corrían por los pasillos del Palacio detrás de Presidente Leoni y su tren ejecutivo, por lo que Betancourt, hombre observador y reflexivo comentó a los presentes: “Miren lo que es el poder, lo acabo de entregar la Presidencia y ya todo el mundo anda tras Raúl”.
 
Este cuento atiene a una situación en que se producía un cambio de gobierno como consecuencia de la alternabilidad democrática, consagrada en la Constitución de 1961 y, dentro de todo, se trataba de actitudes pacíficas relacionadas con ese gusto por sentirse al lado de quien tiene mando, que afecta a algunas almas; pero imagínese el lector cómo será cuando se trata de cambios violentos o porque el gobernante cayó en desgracia, o simplemente falleció.
 
Para ilustrar la situación traigo a colación un artículo escrito por la terrible pluma de Rufino Blanco-Fombona, en 1907, referido al momento en que el general Cipriano Castro, “El Restaurador”, para nombrar un solo título -aparte de “El Cabito”-, se encontraba afectado por una severa enfermedad, aparte de males adquiridos por los excesos en que había incurrido en sus célebres francachelas, pero lo que resalta el escritor no es solamente el deplorable estado físico del decadente mandatario, ni las loas que disfrutó mientras controlaba su mandato que hacía que se le rindiera pleitesía como un “emperador de Bizancio”, sino su triste destino como desposeído del poder al punto que afirma que “…ese hombre, ayer cifra de esperanza para tantos y a quien adulones de alquiler, besaba las plantas, orgulloso de su servilismo, ese hombre hoy es objeto de un solo deseo: el deseo de que muera. En efecto, sólo es ya un estorbo. Sus enemigos desean que muera porque Cipriano Castro fue duro con sus adversarios. Hay algo menos explicable: que sus amigos, que sus tenientes, que sus aduladores de ayer, atisben por la cortina del lecho la agonía del ídolo expirante”.
 
Al año siguiente, en 1908, Castro se embarcó a Europa para nunca más volver a pisar el suelo patrio.
 
En estos años que corren, el periodista argentino Agustín Laje (Autor del libro “Los mitos setentistas” y co-autor de “Plumas Democráticas” (www.agustinlaje.com.ar @agustinlaje agustin_laje@hotmail.com) irrumpe con un párrafo que da que pensar:
 
La muerte tiene el poder de borrar historias y crear historietas. Sepultar hechos y construir fantasías. Otorgar plenarias indulgencias y amordazar visiones alternativas. En definitiva, censurar verdades y alentar mentiras. Todo ello, en presunto “honor” del difunto, por supuesto. Ejemplos argentinos en la historia reciente sobran. Ernesto Che Guevara, de asiduo fusilador a exponente de la “lucha por los Derechos Humanos”. Néstor Kirchner, de corrupto matón multimillonario a fetiche “nacional y popular”. Ambos viven hoy, pero en remeras de algunos fanáticos. La muerte evidentemente todo lo puede”.
 

A propósito del uso del nombre de la libertad

En un artículo denominado “El pequeño Napoleón” (Diario La Vanguardia de Barcelona, edición de 7MAR2013), la periodista Pilar Rahola ha afirmado: “Usar el nombre de la libertad no significa servirla y menos haberla comprendido”.
 
Esta aguda frase obliga a reflexión porque pareciera que, en la práctica, hablar de libertad se ha convertido como una modalidad que permite que todo el mundo, a su antojo, haga uso de esa palabra a su mejor conveniencia en lugar de entenderla como dice el DRAE, simplemente la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. De hecho, leemos y escuchamos a diario hablar de la libertad, incluso de parte de aquellos que la han infringido porque, farisaicamente, hacen uso de ello a su antojo, ignorando que la otra acepción de la palabra es la facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres.
 
Si el lector revisa los textos de historia verá cómo los más terribles conculcadores de la libertad, en dos versiones políticas que se dicen antagónicas, como el nazismo y el comunismo, hablan de la libertad a la par que en las políticas que practicaron significó asesinatos en masa como el Holocausto o los millones de muertos dejados en el camino por el sanguinario Josef Stalin y sus secuaces. Jamás, abandonaron el uso de la palabra libertad.
 
En los tiempos que corren, carniceros como los Castro, en América, vociferan en nombre de la libertad a la par que no permiten la menor expresión de disidencia a sus ciudadanos, pero Raúl Castro preside una organización como Presidente pro tempore que no es más que producto de la globalización, lo que equivale al más descarado cinismo porque, a sus conciudadanos los mantiene en la más absoluta represión.
 
En otras latitudes, los gobernantes de Korea del Norte e Irán conservan a sus respectivos pueblos privados de todo derecho pero, al colocarse en el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de sus bocas salen cuantas palabras, coherentes o no, en nombre y defensa de la libertad.
 
Esto no significa que en otras regiones donde imperan regímenes democráticos campee la libertad a sus anchas. Todo sistema está regido por los hombres y éstos son falibles, sujetos a incurrir en errores sea a conciencia o involuntariamente; pero la diferencia estriba en que, en aquellos en que se sirve a la libertad y se la comprende, existen los remedios para que, en caso de infracción, sea restablecida la violación o la víctima es indemnizada.
 
Allí es donde la aguda periodista catalana da en el clavo.

Un día de cólera

 
Así se titula la excelente novela del afamado escritor hispano Arturo Pérez-Reverte en la que narra los hechos sucedidos aquel funesto 2 de mayo de 1808 que dejó más de 400 muertos y dio inicio a la guerra de la Independencia de España frente a las huestes de Napoleón Bonaparte, y su títere José Bonaparte o Pepe Botella, luego de la trastada que el emperador francés le hiciera a Carlos IV y Fernando VII mientras los tenía bajo su control en su territorio, en Bayona, como invitados a la fuerza.
 
No fue una conspiración organizada por sedicentes o alucinados patriotas, ni producto de un líder con poder de convocatoria pues, simplemente, al pueblo de Madrid se le agotó la paciencia y salió a la calle a degollar franceses a navajazos: «Salieron a la calle cabreados. Todo fue espontáneo, una Intifada«, reseña el periodista Jesús Ruiz Mantilla (http://elpais.com/diario/2007/12/13/cultura/1197500404_850215.html) al comentar las declaraciones del escritor sobre los sucesos y, tajante y enfáticamente, reproduce que el sesudo autor aclaró el error histórico en que se ha incurrido en España al relatar la participación del ejército cuando en realidad “…el ejército estaba acuartelado y sin munición».
 
Sobre la conducta de los madrileños durante ese día, Ruiz Mantilla afirma con toda naturalidad que se trató de “…una enorme bronca protagonizada por una gente que estaba harta de la chulería y el desprecio de los franceses”, mientras “la gente de orden se quedó en casa. Fuera, acababan con los invasores los chulos de Lavapiés, la jarcia de los barrios, unas mujeres furiosas que los mataban a macetazos…”.
 
Un día bastó para sublevar a lo más genuino de un pueblo que no aceptaba convertirse en colonia de una potencia extranjera.

 Los «apellidotes: Una falacia

 
Algunos trasnochados se han dado a la tarea de difundir, con la maligna intención de engañar a un inocente electorado, que en Venezuela, en el pasado gobernaban las élites con apellidos para dar a entender que solamente la clase alta, o los “Amos del Valle” de Herrera Luque, o los mantuanos eran quienes tenían acceso al poder, es decir, lo que esos mismos amanecidos califican equivocadamente como burguesía.
 
Eso es, ni más ni menos, una falacia y, para demostrarlo, se verá a continuación quiénes fueron los gobernantes de Venezuela durante la etapa democrática 1958-1998.
 
Los Presidentes de la Junta de Gobierno que rigió los destinos del país a raíz del 23 de enero hasta las elecciones de ese año fueron el contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto y el doctor Edgar Sanabria. El primero, un alto oficial de la marina; y el segundo un destacado profesor, catedrático de derecho y académico, sin vínculos con la alta sociedad caraqueña, más allá de la que nace del intercambio de las relaciones humanas.
 
Rómulo Betancourt, nacido en la población de Guatire, Estado Miranda, era hijo de un comerciante de origen canario, sin bienes de fortuna conocidos.
 
Raúl Leoni, natural de El Manteco, Estado Bolívar, descendía de un padre, don Clemente, originario de Córcega y emigrado a Venezuela. Abogado.
 
Rafael Antonio Caldera Rodríguez, nació en San Felipe, Estado Yaracuy, y sobre sus orígenes se han tejido distintas leyendas pero ninguna de ellas le vincula a la oligarquía caraqueña. Abogado.
 
Carlos Andrés Pérez, originario de Rubio, Estado Táchira. Su padre, Antonio Pérez Lemus, un hacendado y comerciante de ascendencia española y canaria nacido en Colombia y radicado en Venezuela desde fines del siglo XIX. Su madre, Julia Rodríguez, nacida en Rubio, también hija de un hacendado local y nieta de refugiados de la Guerra Federal provenientes de Barinas.
 
Luis Herrera Campíns, natural de Acarigua, Estado Portuguesa, hijo de Luis Antonio Herrera y de Rosalía Campíns, gente del Llano. Abogado.
 
Jaime Lusinchi. Hijo de María Angélica Lusinchi, nacido en Clarines, Estado Anzoátegui, de ascendencia corsa (italiana). Médico.
 
Ramón J. Velázquez, de San Juan de Colón, Estado Táchira y sus padres fueron Ramón Velásquez Ordoñez, periodista y corrector de pruebas en un periódico y la educadora Regina Mujica. Estudió de la mano de sus padres en su pueblo natal. Abogado e historiador.
 
Como puede observarse, fueron hombres del pueblo llano que dedicaron su vida a la política y que, en sus actividades, tuvieron aciertos y cometieron errores que la historia paulatinamente está juzgando; pero si cuando se adentraron en la vida pública eran unos desconocidos, lograron colocar sus apellidos -no sus “apellidotes”- en la leyenda patria.
 
Quién sabe si la situación de Venezuela sería diferente si los poseedores de “apellidotes” se la hubieran jugado en la candela política. Para muestra, en el siglo XIX, Manuel Felipe de Tovar, mantuano de pura cepa y terrateniente, en 1859 fue electo en comicios populares para la Presidencia de la República y, viéndose forzado a renunciar al cargo dos años después para ir a morir en París en 1866, en su adiós al Congreso expresó valientemente «…en medio de la lucha contra los rebeldes, se me han creado obstáculos de todo género, aun por hombres que como yo, habían jurado también sostener la Constitución, hasta hacer estallar una revolución a mano armada, con la defección de tropas al servicio de la República, confabuladas ya con los antiguos enemigos de las Instituciones».

Paradoja

Hasta que los ingleses en 1215 se impusieron con la Magna carta libertatum sobre Juan I –Juan sin Tierra- no había control del poder del monarca europeo, omnímodo, quien reinaba, dictaba leyes e impartía justicia.
 
En la Edad Media, comenzaron algunos tímidos movimientos tendientes a controlar a los soberanos, pero realmente, cuando se dan los pasos más firmes fue con la Constitución de 1787 de los Estados Unidos y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre dictada por la revolucionaria Francia en 1789; y a raíz de estos monumentos jurídicos, comienza una evolución hacia la implantación de cartas magnas para frenar al absolutismo monárquico, pudiendo citarse a la efímera Constitución de Cádiz, de 1812.
 
En Venezuela, a partir de la Constitución de 1811, durante el resto del siglo XIX y en el siglo XX se promulgaron distintas constituciones con el fin de que el derecho se ajustara a los intereses del gobernante de turno, en lugar de que éste se ciñera al marco regulatorio de una carta magna. Páez, Monagas, Guzmán Blanco, por nombrar solamente algunos, hicieron modificar las constituciones que les sirvieran como “trajes a la medida” de sus caprichos y arbitrariedades; e igualmente, en el siglo XX Castro y Gómez hicieron lo propio.
 
Pero, con el transcurso de los años, la creación de organismos multilaterales de derechos humanos, la libertad de expresión y, sobretodo, la globalización, no basta con tener un marco regulatorio constitucional, sino que hay que reafirmar los mecanismos constitucionales tales como separación e independencia de poderes, libertad de expresión y de pensamiento, libre juego democrático, entre otros; pero he ahí el detalle: En las democracias, a veces acceden al poder grupos autocráticos y, entonces, emerge la paradoja, cual es que esos grupos se afianzan en el poder mostrando una cara democrática ante el mundo entero pero, en lo interior, controlan todos los hilos del poder con lo cual, los oponentes solamente pueden actuar según las reglas que les son impuestas, quedando arrinconados en un aparente dilema que les impide ganar, hagan lo que hagan (cfr. César Landaeta H. LA DICTADURA PERFECTA o El juego de la paradoja, octubre 9, 2012).
 
El asunto está en cómo desmontar la paradoja en un torneo cívico electoral y quizás la forma más adecuada sería diseñar un programa electoral en el que el discurso no ataque a un personaje como tal -el candidato oficialista- sino al sistema que defiende, a la pública corrupción que favorece los fraudes y a la ingenuidad de los votantes que creen que van a progresar a través de la política social y económica que les ofrece el candidato de la autocracia.

4 comentarios en “Reflexiones a últimos de Marzo de 2013”

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