A Carlos A. Martínez Murga, entrañable amigo desde los tiempos universitarios, con quien compartí ejercicio profesional en “Sarmiento Núñez, Brillembourg y Asociados” e importantes momentos en las actividades gremiales desplegadas por la Asociación Civil Retorno al Colegio de Abogados (ARCA) en la década de los 90´s. In memoriam.
 

La política pública de animadversión y la “Kristallnacht”

Desde que el nazismo logró la mayoría parlamentaria mediante la fuerza y la intimidación, concedió leyes habilitantes a Adolf Hitler, con lo que se acentuó la persecución de los judíos, poniéndoles una serie de trabas de orden legislativa y definiendo una política antisemita que proclamaba la preeminencia de la raza aria.

Como informa la Enciclopedia del Holocausto  http://www.ushmm.org/wlc/es/article.php?ModuleId=10007419), la Ley de la Restauración de la Administración pública, de 1933, fue la primera mediante la cual se decretó que los funcionarios judíos y los políticamente poco confiables serían excluídos de la administración pública, en lo que se llamó el “párrafo ario”,  que sirvió para sacarlos de distintas organizaciones y sectores de la vida pública;  y, en el mismo año, otras leyes limitaron el número de estudiantes judíos en las escuelas y universidades alemanas y redujeron marcadamente la «actividad judía» en las profesiones médicas y legales, hasta llegar a limitar el reembolso que podían obtener los médicos judíos del seguro de salud estatal.

Dos años después, mediante las llamadas “Leyes de Nüremberg” se despojaron a los judíos alemanes de la ciudadanía del Reich, se les prohibió casarse o tener relaciones sexuales con personas alemanas o de sangre alemana, privándoseles de sus derechos políticos como ejercer el derecho al voto o desempeñar funciones públicas.

Entre 1937 y 1938, al contrario de lo que había sucedido en el año precedente debido a la  celebración de los Juegos Olímpicos de 1936, se intensificó la persecución legislativa de los judíos alemanes. El gobierno se propuso empobrecer a los judíos y sacarlos de la economía alemana exigiéndoles registrar su propiedad y también obligando al despido de los empleados y directores judíos de una compañía y/ o la absorción de las empresas judías por alemanes que las compraban a precios viles fijados por el gobierno o los oficiales del partido nazi. También se prohibió a médicos judíos tratar a no judíos, y se revocaron las licencias de los abogados judíos.

Durante todo el año 1938 se mantuvo una intensa persecución mediante la promulgación de denigrantes leyes y que culminó la noche del 9 al 10 de noviembre, que ha pasado a la historia con el tristemente célebre nombre de  Kristallnacht (la «noche de los vidrios rotos»), pues durante ella no solamente hubo vidrios rotos de los establecimientos comerciales sino que tropas de asalto (milicianos?) y fanáticos seguidores del régimen saquearon hogares y comercios judíos en decenas de ciudades alemanas, con mazos destruyeron casas, edificios, sinagogas y con porras y otros instrumentos golpearon a inocentes personas cuyo su solo delito era ser judío.

A partir de allí, se abrieron las puertas de los abominables campos de concentración en los cuales se exterminó a más de 6 millones de judíos.

Puede decirse que en ese período Hitler y sus colaboradores cumplieron una serie de actos que, en lenguaje bélico, podría decirse que ganaron las batallas; pero, ganar un combate no significa ganar la guerra y, un día de abril de 1945 cobardemente el Führer puso fin a su vida para no rendir cuentas a la justicia humana, mientras las tropas aliadas levantaban las banderas de la victoria.

 

Con libertad ni ofendo ni temo

 

En una plaza del casco central de Montevideo hay una placa, en el bajo relieve de una estatua ecuestre de un prócer independista, que tiene grabada en piedra la frase que encabeza esta reflexión.

Es probable que el autor la haya tomado de otro, o fue su creación intelectual, lo que no importa, pues lo que llama la atención es el profundo contenido de la misma.

Con libertad, no ofendo porque mi límite es el derecho del otro y, si lo violento, el ordenamiento jurídico se encarga de enderezar el entuerto; y con libertad no temo porque precisamente si el otro invade mi espacio, igualmente hay quien dirima y sancione la conducta equivocada, en forma imparcial.

Entonces, por qué hay quien se empeña en negar la libertad o abogar por la esclavitud o cualquier otra forma de sometimiento a los discrecionales y arbitrarios designios de otros? Será que esos sujetos sufren de agorafobia, esa rara enfermedad que no es otra cosa que el temor a los espacios abiertos y, ante la posibilidad de que un ser dominante le exija la sumisión, prefieren rendirse a sus pies antes de que le sea exigido, cual eficientes “mujiquitas” galleguianos?

En 1936 el Dr. Hans Frank, jefe jurídico del Reich recomendaba a los jueces: «En cada decisión que adopten, díganse a sí mismos: ¿Cómo decidiría el Führer en mi lugar? En cada decisión, pregúntense: ¿Es compatible esta decisión con la conciencia nacionalsocialista del pueblo?».

Es evidente que el jurista alemán, como otros que la posteridad ha visto ser paridos, sufría de la curiosa patología y, además, su condición de “mujiquita” le hacía creer, al contrario de la leyenda de la plaza charrúa, que con la libertad se ofende y se teme.

 

La banalidad del mal

La filósofa Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, desarrolla un subtítulo al que denominó Un informe sobre la banalidad del mal en el cual sostiene que Adolf Eichmann, el tristemente célebre genocida que fuera condenado a muerte luego de haber sido secuestrado en Argentina por los servicios secretos israelíes, no era el “monstruo”, el “pozo de maldad” como era tratado mayormente por la prensa internacional de los 60´s.

Sostiene Arendt que los actos de Eichmann no eran disculpables, ni él inocente, pero que estos actos no fueron realizados porque Eichmann estuviese dotado de una inmensa capacidad para la crueldad, sino por ser un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en los actos de exterminio. Sobre este análisis esta filósofa acuñó la expresión “banalidad del mal” para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de “actos malvados” no son considerados a partir de sus efectos o de su resultado final, con tal que las órdenes para ejecutarlos provengan de estamentos superiores.

Por supuesto, la tesis de la “banalidad del mal” no es compartida por otros estudiosos de la filosofía o de las ciencias políticas o sociales; pero si se compara su esencia con aquellas detestables conductas que adoptan determinados burócratas ante actos evidentemente malignos, o que sin llegar a tal grado pueden causar daños a las personas o a la propia sociedad, se confirma la banalidad del mal al optar aquellos por hacer caso omiso a su conciencia y renunciar a su capacidad crítica para, cual “mujiquitas”, acatar a sabiendas las instrucciones por más atroces que sean lo que, en ningún caso les justificará ante la justicia humana.  

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