No trata este escribidor de analizar el hecho de la confrontación entre manifestantes y fuerza bruta en las manifestaciones pacíficas y sin armas, sino a un fenómeno que realmente es grave para el futuro del país; y es el relacionado con la ejecución de la acción represiva, que ha horrorizado hasta la Compañía de Jesús, como ha informado Rafael Garrido, S.J., Provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela.

Independientemente de cómo se cause el daño al reprimir a manifestantes pacíficos y desarmados, siempre será necesario que haya un agente ejecutor que viene a ser el soldado o policía, que cuando acciona el arma y asesina o hiere a una víctima, hace que el Ministerio Público inicie las investigaciones, lo ponga a la disposición de la jurisdicción penal y, de acuerdo a la gravedad del delito presuntamente cometido, el juez lo envíe a un centro penitenciario.

Generalmente, ese agente es una persona que ronda la veintena de años y, cuando ingresa a la cárcel está entrando en una escuela de formación de delincuentes pues, con las condiciones penitenciarias venezolanas -es público y notorio- aquel joven se convertirá en un aventajado pillo, especialmente si quiere sobrevivir dentro del precario estado de esos retenes.

Siendo así, la represión violenta de las manifestaciones pacíficas y desarmadas está creando un nuevo problema social que es la formación de futuros delincuentes. En efecto, durante las protestas callejeras del primer semestre de 2017 y según las cifras publicadas, se han producido numerosas pérdidas de vida y heridas graves a personas, todos ellos lamentables hechos punibles, aparte de la denuncia de robos y atracos a los manifestantes, a quienes soldados y policías han despojado de sus bienes y dinero a punta de pistola; y si se hiciera un simple cálculo, y se asumiera que todos los agentes represores fueran detenidos, juzgados y condenados, el resultado sería que a igual número de víctimas, igual número de aprendices de delincuentes en las cárceles que, al cumplir sus condenas saldrían a ejercer libremente, por la inmensa geografía nacional, la nueva profesión adquirida tras las rejas,  cuando, como ha comunicado el citado padre Garrido,

Nada es más urgente e imprescindible que la renovación de toda la educación con una amplia invitación a que la sociedad entera sienta y desarrolle su responsabilidad educativa, junto con su estado democrático

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