Reflexiones de Junio de 2018

Ilustración de Diego de la Rosa Michelena

Así ella lo expresaba animadamente en medio de la hilaridad de los presentes y de los jocosos comentarios que suscitaba la frase; y, con ese mismo espíritu, pero con la candidez y la duda, y por supuesto la preocupación, que afanan a una persona ante la palabra quirófano, se dejó conducir a la sala de operaciones, no sin antes dar su bendición a los hijos -y de dar las instrucciones para el día después-, sin percatarse de que, en minutos, imperceptiblemente, la luz solar se opacaría para ella.

Entretanto, sus seres queridos, agónicamente y en distintos puntos del globo terráqueo, desesperaban por recibir un parte médico con las más esperanzadoras noticias. Vanamente, el dolor y la tristeza se apoderaron de sus corazones a medida que el cirujano intentaba edulcorar la fatal noticia con suaves palabras en medio de circunloquios ininteligibles. Difícil tarea la del discípulo de Hipócrates, la de dar infaustos reportes a familiares e íntimos que siempre desean que las nuevas que les traigan repiquen cual angelicales notas musicales.

Había nacido un 22 de noviembre de 1934, el día en que el calendario gregoriano honra a Santa Cecilia, y vino a completar el hogar de Julio de la Cova Salias y de Martina García, pasando a ser la última de los hijos, detrás de Julio y de Gladys, un hogar chapado a la antigua, donde la madre llevaba unas riendas que nunca abandonó, y que pretendía mantener aun cuando los hijos se marcharon a fundar nuevos lares.

Ella, según los convencionalismos de la época, cursó estudios y culminó el bachillerato, y quiso entrar a la Facultad de Derecho de la UCV, pero allí se topó con la autoridad materna: el joven que la pretendía estaba cursando la carrera de leyes y eso, para aquella rígida matrona, constituía un hito insuperable. Su vocación se frustró pese a que podría haber sido una excelente abogada, gracias a la sagacidad y la capacidad para argumentar que siempre la acompañó a lo largo de su vida.

Un buen día, cuando aquel joven había egresado de las aulas universitarias, ella y él contrajeron matrimonio y fundaron un hogar en el cual vieron la luz cuatro hijos, a quienes ambos rindieron enseñanzas y dieron ese amor que, en aquellos tiempos, aun se acompañaba con los típicos «correazos»; y un día inesperado, José de los Santos Michelena Arroyo, luego de una fructífera existencia que le permitió fundar un honorable hogar, tomó el rumbo del viaje del cual no se regresa. 

Ella continuó su vida rodeada del afecto de sus cuatro hijos e incontables nietos, y de extraordinarios amigos con los cuales disfrutaba de la vida, su «grupo», y en compañía de sus inseparables primero Dalilita y luego Tinita jugueteando a su alrededor. Nueva York, Miami, Weston, Madrid -recuerdo de sus viajes con Santos-, Bogotá, Montevideo, Punta del Este, Buenos Aires, fueron destinos donde se desenvolvía en medio del cariño y del aprecio de quienes la rodeaban y de las amistades que iba ganando con ese su corazón grande, su sempiterna sonrisa y sus vivaces ojos, desbordando alegría. 

Su acompasado caminar con la ayuda de su inseparable bastón por las calles madrileñas, sus escapadas furtivas hacia el «Corte Inglés» o conduciendo velozmente hacia los «malls» floridianos, para hacer «compritas» a escondidas,que celosamente guardaría en incógnitos e inaccesibles sitios en su «bunker», mientras que las delicatesses y otras delicias iban con destino a su famoso criogénico, del que disfrutaba cubriendo cada sitio que se vaciaba con un nuevo comestible. Son recuerdos que hacen de ella el que su presencia se haga visible en la imaginación al evocar su memoria. 

Sus paseos a isla de Margarita con sus íntimas, sus juegos de mesa, sus almuerzos y cenas delicadamente decoradas y provistas de abundantes y exquisitos alimentos entre ellos sus selectos quesos, y ella, siempre, acompañada de su inseparable copa borgoña donde apretujados cubos de hielo sumergidos en un desbordante lago de algún buen destilado de las Scottish Highlands, o degustando en una de esas modernas copas de medidas estandarizadas un caldo llegado a la mesa desde la ribera del Duero o de la Rioja, la mendocina o la ibérica, o de la región central chilena, y sin dejar de catar el tannat que Pascual Harriague introdujera en el Uruguay. 

Pasaba sus últimos días en Caracas celebrando con desbordada emoción su próximo viaje al Madrid de sus sueños, ignorando que el 17 de mayo de 2018, una mala jugada del destino torcería el rumbo de su periplo para conducirla al más allá, donde Dios la esperaba para descansar eternamente en paz. Contra los deseos de todos, inesperadamente se fue sola, como vino al mundo, llevando consigo los recuerdos de una vida plena que dejó huellas, porque hizo camino al andar, iluminada por esa luz perpetua que siempre brillará para ella y que reflejará su imagen en todos los que tuvieron la dicha de conocerla y quererla para anidar su recuerdo en sus corazones.

Requiescant in pace Cecilia de la Cova de Michelena, la inolvidable Vegetala.

Carlos J. Sarmiento Sosa

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