A George R. (“Rocky”) Harper, Consejero y ex Presidente de la FIAA/IABA, excelente amigo de las lides gremiales interamericanas, sincera y extraordinaria persona.  

In memoriam.

 

Desde aquel 14 de octubre de 1813, cuando la Municipalidad de Caracas otorgó a su hijo muy ilustre Simón Bolívar el título de Libertador de Venezuela hasta el presente han transcurrido 204 años y, desde entonces, los venezolanos hemos venido cumpliendo con esa inveterada costumbre de acreditar a los gobernantes autoritarios con rimbombantes y sonoros calificativos: En el s. XIX, José Antonio Páez, el “León de Payara”, o el “Ciudadano esclarecido”; Antonio Guzmán Blanco, el “Ilustre americano”; Juan Crisóstomo Falcón, el “Gran ciudadano”;  en el s. XX, Cipriano Castro, “El Restaurador” aunque también sus adversarios le pusieron cuanto mote se les ocurrió, como “Capitán Tricófero”, el “Mono Trágico”, el “hombre de la levita gris”, el “Cabito”, “el indio en su cuerito”; a Juan Vicente Gómez, “El benemérito”, también descalificado por sus enemigos al llamarle “El bagre”; y en el s. XXI asistimos a la designación del ex Presidente Hugo Chávez como “El Corazón de la Patria” y “El comandante eterno”, aunque
 quienes detestaban al difunto le calificaron como el “Héroe del museo militar” en alusión a su deshonrosa rendición en 1992, o “El Iluminado de Sabaneta”.

Pío Gil, cuyo nombre era Pedro María Morantes (San Cristóbal, Venezuela, 4-10-1865-París 4-2-1918), decía en Los Felicitadores “[ … ] que se puede perfectamente cultivar en un país una cualidad dada, para hacer de ella el distintivo típico del carácter nacional. Los griegos cultivaron el sentimiento de lo bello, y fueron artistas; los romanos el sentimiento del dominio, y fueron conquistadores; los cartagineses el sentimiento del lucro, y fueron mercaderes; los yanquis tienen el culto de la voluntad y son hombres de acción. Los
venezolanos tenemos el culto de la servilitud y somos felicitadores”.

Con este párrafo, pareciera que el temido escritor destacaba que, en vez de ser como los griegos, los romanos, los cartagineses o los yanquis, los venezolanos cultivamos la servilitud y, además, somos felicitadores; y, agudamente hace un interesante análisis de la relación entre servilismo y despotismo:

“El servilismo y el despotismo se han colocado frente a frente, influenciándose recíprocamente en una acción de causa y efecto; el servilismo produce el despotismo, y éste, a su vez, genera aquél, en una reproducción que se prolonga espantosamente al infinito, como los espejos paralelos reproducen al infinito la misma imagen. Si no hubiera déspota no habría serviles; si no hubiera serviles, no habría déspotas. De manera que los áulicos son coautores con el déspota de la ruina de un país”.

De esta íntima relación que establece entre servilismo y despotismo, el autor sacaba una conclusión cual es que las sanciones deben alcanzar a las camarillas que rodean y ensalzan al déspota, como “[ … ] co-rresponsables (sic) con el tirano del desastre nacional [ … ] (porque)  nada, absolutamente nada habremos ganado con salir de un autócrata si sus cortesanos rodean al nuevo gobernante, para sugerirle las anteriores prácticas cesáreas [ … ] Las felicitaciones vuelan alrededor del cuadrúpedo que ocupa algún escalón en la jerarquía administrativa, para producir desvanecimientos a estos infelices de cerebro débil, que sienten el vértigo de las pequeñas alturas, y se creen unos Alejandros cuando han trepado algunos peldaños en la escala del éxito”.       

Como se observa, el escritor consideraba necesario que al tirano no se le castigara solo por sus fechorías sino que las penalidades alcanzaran a sus adláteres y adulantes como corresponsables y, al sancionar a éstos, se evitaría que se juntaran para apoderarse del nuevo gobernante con el fin de convertirlo en déspota y, de esa manera continuar ellos lucrándose de las ventajas de estar al lado del poder, mientras destruyen al país.

La propuesta de Pío Gil, o Pedro María Morantes, pareciera que tiene vigencia.

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