Amables lectores:

Reflexiones al filo de la Navidad 2012 fue la primera publicación correspondiente a la serie que, desde entonces, han aparecido ininterrumpidamente desde enero de 2013 hasta diciembre de 2017, lo que hace un ciclo de cuatro años en los cuales este escribidor ha reflexionado sobre distintos temas nacionales e internacionales que él ha considerado de interés para los amables lectores.

Pues bien, decía Heráclito que «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos»; y consciente de la certeza de la afirmación del filósofo griego, este escribidor ha considerado necesario modificar el título de las Reflexiones y su oportunidad de publicación debido precisamente a que, desde aquel lejano 2013 hasta ahora ha habido importantes cambios en el mundo como, por ejemplo, en los gobernantes de muchas naciones, entre ellas Venezuela, en los adelantos científicos y tecnológicos, en las condiciones políticas, morales y sociales de los distintos pueblos del mundo; y, partiendo de allí, de ahora en adelante las Reflexiones aparecerán tituladas como «Reflexiones de un escribidor» y publicadas una vez al mes para, de esta manera, facilitar la lectura de las mismas, que son una mínima expresión dentro de todo ese enorme flujo de información  y de noticias que fluye de Internet y de las redes sociales.

Gracias a los amables lectores que han tenido la paciencia de leer las Reflexiones; e igual agradecimiento a aquellos otros -también corteses, por supuesto- que si bien no las han leído, han padecido el sufrimiento de tener que borrarlas de la bandeja de entrada de sus ordenadores.


Tanta verdad en tan pocas líneas.

Leía este escribidor una columna titulada “Cultura y democracia no hacen buenas migas. Todos al cole”  y, ante la indiscutible verdad que encierra, consideró necesario comunicarla a los amables lectores.

El meollo central del artículo se refiere a la discusión sobre dos aspectos fundamentales en la democracia, cuales son el derecho a ser elegido y el derecho a elegir y, en sus cavilaciones, el autor comienza planteando el tema de las condiciones de elegibilidad para quienes van a ejercer determinadas funciones públicas:

Es asombroso que para ser notario, registrador de la propiedad, médico, profesor, secretario de ayuntamiento, barrendero o chupatintas haya que acreditar unos estudios, ganar unas oposiciones, presentarse a un concurso o poseer un mínimo de adiestramiento profesional y que, con absurda asimetría, quepa ser diputado, ministro o jefe del gobierno sin aportar diplomas ni esgrimir méritos ni, poniéndonos en lo peor, saber hacer la o con un canuto. En teoría, y en la práctica no digamos (ahí están no pocos podemitas), cualquier menda analfabeto provisto de carnet de identidad y sin cuentas pendientes con la Justicia y con Hacienda puede ascender a Señoría, sentarse en el banco azul o llegar a La Moncloa. Cabe dentro de lo posible, e incluso de lo probable, que tan descabellado mecanismo laboral también rija en otros países de los que llaman civilizados, pero allá ellos. Si semejante contradiós (y contra la lógica aristotélica) no es un abuso de la democracia, que los santos padres de la Constitución nos lo expliquen. Firmar con una equis o con la yema del índice cuando se jura ante el Rey y ante las Cortes lo que ante las Cortes y el Rey se jure no es obstáculo para que cualquier maestro Ciruela, como ése del que se aseguraba que sin saber leer puso escuela, dirija nada menos que el país, su economía, su industria, su mercado laboral, su diplomacia, su policía, su ejército y todos sus restantes entresijos, incluyendo los de la cultura”.

Como se observa, el texto transcrito, aparte de su meridiana claridad, revela que en efecto para ciertas actividades se exigen severos requisitos de acceso mientras que para ejercer una diputación o gobernar un país, simplemente basta que el aspirante se postule y que, producto del voto popular, salga electo, así sea la mayor muestra de ignorancia o incapacidad dentro de la raza humana.

En cuanto a los electores, el articulista rescata aquel viejo principio hoy derogado por el voto popular para todos,  según el cual solamente tenían derecho a elegir quienes cumplieran determinados requisitos como, por ejemplo, saber leer y escribir, o tener un patrimonio; y, al respecto dice:

[ …] sometería también a un riguroso examen psicológico y de cultura general, administrativa y económica (ideológica no) a cuantos pretendan ejercer su derecho al voto. ¿No asusta tanto el alza del populismo a quienes todavía, aunque acaso en fase de tente mientras cobro, nos gobiernan? Pues que dosifiquen el café para todos del sufragio universal sustituyéndolo -¡oh, herejía!- por el servido sólo a quienes tengan cacumen, criterio, altruismo, idealismo e interés por la res pública, y arreglado. ¡Es la pedagogía, estúpidos!”.

No cabe duda de que el articulista será tildado de retrógrado, de facha y de
cuanta etiqueta permita la perspectiva populista, pero lo que es indiscutible es que el mundo sería mejor si, tanto elector como elegido llenaran determinados requisitos y, por ello, este escribidor se une a lo expresado en el artículo para, a capella,
vociferar:

“¡Leña a los políticos hasta que hablen inglés y a los votantes hasta que demuestren haber leído el Quijote! “. 

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